La literatura ¿sirve para algo? Una crítica de ‘Patria’, de Fernando Aramburu

[Este artículo se publicó en la revista Viento Sur el 22 de marzo de 2017].

1. Patria, la novela de Fernando Aramburu sobre el llamado “conflicto vasco” (Tusquets, 2016), ha venido para quedarse (por ahora, al menos), y ha logrado algo a lo que la mayoría de los trabajos literarios no puede ni siquiera aspirar, y menos aún conseguir: se ha convertido, con su campaña publicitaria, sus numerosas ventas (catorce ediciones, unos 170.000 ejemplares) y el eco mediático que le ha acompañado, en un acontecimiento. Con un tema, además, incómodo, no muy adecuado (en teoría) para el tipo de lectura, amable y buenista, que suele ofrecernos la sección “novela literaria” de las librerías más populares, esa que surte de emociones en general digeribles a gente que no tiene por qué ser lectora habitual, pero en la que a veces aparecen títulos capaces de convencer a paladares más exigentes.

No puede negarse la ambición de Aramburu: su intención es producir la Gran Novela sobre el Terrorismo Vasco, lograr “la derrota literaria de ETA” y zanjar el tema, al menos en lo que al terreno de la narrativa se refiere. Y su arma es la exhaustividad, pues procura que aparezcan, en una novela cuyo arco cronológico principal se establece entre la segunda mitad de los años ochenta y los meses posteriores al anuncio del cese la violencia armada por parte de ETA (2011), todos y cada uno de los temas relacionados con el asunto principal: los atentados de la banda, la extorsión del llamado “impuesto revolucionario”, la soledad y el bullying social al que fueron sometidas algunas personas y familias que se resistían a la amenaza de ETA, el ambiente de un pueblo dominado por la cultura de la izquierda abertzale, el silencio de gran parte de la sociedad vasca, la kale borroka, las torturas perpetradas por los cuerpos de seguridad del estado, la dispersión de los presos vascos y el sufrimiento que ello causa a sus familias, el dolor que acompaña a la condición de víctima del terrorismo, el difícil camino hacia la asunción de la culpa (personal y colectiva), los atisbos de una cierta reconciliación…

Ese es, creo yo, uno de los puntos fuertes de la novela, quizá el más potente: la voluntad de abarcar todo, de contar, de una tacada, lo que hasta ahora sólo se había hecho fragmentaria o parcialmente (como él mismo había intentado antes en libros como Los peces de la amargura, Tusquets 2006, o Años lentos, Tusquets 2012). Otra cuestión es cómo lo hace, y si la obra resultante puede calificarse o no de alta literatura: eso es lo que me gustaría discutir en esta crítica, aún a sabiendas de que mi opinión resultará minoritaria, y que el libro es un firme candidato para hacerse con todos y cada uno de los premios literarios correspondientes al año 2016, desde el Euskadi de Literatura en castellano hasta el Nacional de Narrativa de España.

2. Como he señalado, no es la primera vez que Aramburu aborda el tema. Lo mismo puede decirse de la literatura vasca en general, tanto en euskera como en castellano: Patria no marca un antes ni un después, sino un “continuará”. En ese sentido hay que rechazar el adanismo que parecen pretender tanto el autor como la editorial, al menos durante la campaña promocional de la novela. Sobre el “conflicto vasco”, el “terrorismo vasco” o como queramos llamarlo, se ha escrito mucho y muy bueno (también muy malo), sobre todo en euskera; de hecho, y pido perdón por la autocita publicitaria, como señalaba en mi ensayo Ese idioma raro y poderoso (Lengua de Trapo, 2012), el tema es uno de los que marcan el ingreso en la contemporaneidad de la literatura en euskera, con la novela 100 metro de Ramon Saizarbitoria (1976). Y a partir de los años noventa del siglo pasado se convierte en un tema recurrente de la narrativa vasca, con obras como Etorriko haiz nirekin? de Mikel Hernandez Abaitua (1991), Agua turbia de Aingeru Epaltza (1991), Un hombre solo de Bernardo Atxaga (1993), Los pasos incontables de Ramon Saizarbitoria (1995), Kontaktua de Luistxo Fernandez (1996), El cuaderno rojo de Arantxa Urretabizkaia (1998), Euri kontuak de Jose Luis Otamendi (1999), Denboraren izerdia de Xabier Montoia (2003), Letargo de Jokin Muñoz (2003), Las maletas imposibles de Juanjo Olasagarre (2004), Twist de Harkaitz Cano (2011) o Martutene, también de Saizarbitoria (2012). Sólo por mencionar las más señeras (en el caso de que estén traducidas al español he obviado el título original, para no recargar innecesariamente el texto; el año es siempre el de la edición original en euskera).

Y eso sin entrar apenas en el campo del cuento, a través del cual también se ha trabajado el tema, pero en el que es más difícil encontrar libros dedicados enteramente al mismo, como el excelente y ya citado Letargo de Jokin Muñoz. Del hecho de que muchas de esas obras apenas hayan tenido la difusión que merecían (al ser traducidas al castellano, en el caso de que lo hayan sido) no se deduce que Patria surja por generación espontánea, o no debería deducirse, al menos. El “conflicto vasco” es, desde hace mucho, una de las tradiciones de la literatura vasca (en euskera). Tanto o más que en la que se escribe en castellano, en el País Vasco.

3. La trama de Patria se teje en torno a la relación entre dos familias, la formada por Bittori y Txato, con sus hijos Xabier y Nerea, y la familia de Miren y Josian, que a su vez tienen tres hijos, Joxe Mari, Arantxa y Gorka. Son dos familias euskaldunes, que viven en un pueblo industrial cercano a San Sebastián, algunos de cuyos rasgos recuerdan a Hernani (el autor no considera que ese dato sea importante, lo mismo que los apellidos de ambas familias quizá para subrayar lo arquetípico de la novela), y cuya amistad se remonta a los años sesenta y setenta; han criado juntos a sus hijos, como nos informan algunos de los flashbacks que de vez en cuando ofrece el autor. El grueso de la novela transcurre entre la segunda mitad de los ochenta y el principio de la presente década. Txato es un pequeño empresario del sector del transporte al que ETA exige el “impuesto revolucionario”, algo que intenta negociar, sin éxito, en segunda instancia (cuando le piden una cantidad más desorbitada; la primera vez paga). A partir de ese momento se inicia una operación de acoso en su contra (pintadas por el pueblo, aislamiento social…) que llevan a la ruptura con la familia de Miren y, finalmente, al asesinato de Txato por parte de ETA. De hecho, Joxe Mari, el hijo de Joxian y Miren, inmerso en los movimientos juveniles de la época, había pasado antes de eso a la clandestinidad, para convertirse en miembro de ETA y terminar formando parte de un comando. Un comando que, después de una sangrienta carrera, es apresado, con lo cual se inicia para Joxe Mari un largo período de encarcelamiento lejos del País Vasco.

Todas estas circunstancias aceleran la ruptura entre ambas familias y, sobre todo, entre Bittori, la viuda de la víctima, y Miren, la madre del terrorista, que eran íntimas amigas desde la infancia. Bittori deja el pueblo durante largos años y lleva una vida marcada total y absolutamente por su condición de víctima del terrorismo, mientras que Miren se volcará en su hijo mayor, primero huido y luego preso durante diecisiete años. La novela, estructurada en breves capítulos casi en forma de estampas, arranca del anuncio del abandono de la vía armada por parte de ETA, algo que lleva a Bittori a volver al pueblo para reencontrarse con los fantasmas del pasado, y que afectará también a Miren y a su familia.

Aunque el orden de los capítulos no es cronológico, el lector no tiene dificultad para seguir los saltos temporales, hacia adelante y hacia atrás, que plantea la novela, quizá porque cada uno de ellos está, hábilmente, centrado en el devenir vital de cada uno de los nueve personajes principales del libro, aunque el mayor protagonismo se lo lleven las dos mater familias. También ayudan en ese sentido los ejes que parten la novela en dos “antes” y dos “después”: el asesinato de Txato, que podemos situar en 1990, y el anuncio del fin de la violencia por parte de ETA, en otoño de 2011.

4. Tengo que confesar, vaya por delante, que no soy un fan de la prosa de Aramburu: nunca me ha convencido el engolamiento del español al que suele tender, consecuencia probable del peso que la tradición barroca ha tenido en la literatura en castellano que tanto admira el autor. Esta novela no es una excepción en ese sentido: en un intento, creo yo, de dotar a su prosa de un nivel “literario”, fuerza demasiado una adjetivación recargada, y lleva a cabo desdoblamientos un tanto pesados (“Joxian reculó triste/atónito, amedrentado/pusilánime, en derrotado desorden el poco y canoso pelo que le quedaba”, pg. 36; “Ya cerca, la desconcertó la naturalidad/sonrisa/pelito rubio de ella”, pg. 82; “Entre las dos mujeres acordaron/decidieron que Joxian fuese a charlar con él”, pg. 325, etc.). Abusa de la utilización de formas verbales como epítetos (“Durante la cena, no paró de monologar ante la rueda de familiares callados, auguradora de disgustos graves”, pg. 31; “Casi se van juntas de monjas, pero apareció Joxian, apareció Txato, pareja de mus en el bar, amigos cenantes, por lo general sabatinos…”, también pg. 31; “Atribuyó, renegante, la fechoría a las dichosas palomas”, pg. 63; “Xabier, explicativo, si bien simplificante y resumidor para mejor hacerse entender”, pg. 75; “bebe lento, paladeador, escudriña la pared”, pg. 96; “Y fue al cuarto de baño a lavárselas, refunfuñante, pero dócil”, pg. 106… sólo por mencionar unos pocos ejemplos) [nota bene: las referencias al número de las páginas de la novela corresponden siempre, aquí y en los siguientes párrafos de este texto, a la edición electrónica de la misma].

El problema del estilo literario de Aramburu es que resulta muy cursi, o, como dirían en mi familia, es “un poco redicho”. En la novela abundan, como ya he señalado, ejemplos de ello, aunque seguramente pocos superan esta descripción de un paseo por San Sebastián: “Lo agarró del brazo. Una madre que luce hijo por Miraconcha. A la izquierda, el tráfico intenso, ciclistas en los dos sentidos, gente que camina y gente con atuendo deportivo que se dedica a correr; a la derecha la bahía, el mar, el consabido festival acuático de tonalidades azules y verdes que alegra la mirada, con cabrileos, olas, barcas y el horizonte marino en lontananza” (pg. 73; hasta a mí, que tengo mis días de donostiarrismo militante, se me hace un poco cuesta arriba…). Algo parecido se podría decir de pasajes más decisivos como este en el que, rozando el kitsch, se nos “cuenta” (pero no se nos “enseña”) el proceso de desencanto de Joxe Mari respecto a la causa de ETA: “Pero un hombre puede ser un barco. Un hombre puede ser un barco con el casco de acero. Luego pasan los años y se forman grietas. Por ellas entra el agua de la nostalgia, contaminada de soledad, y el agua de la conciencia de haberse equivocado y la de no poder poner  remedio al error, y esa agua que corroe tanto, la del arrepentimiento que se siente y no se dice por miedo, por vergüenza, por no quedar mal con los compañeros. Y así el hombre, barco agrietado, se irá a pique en cualquier momento” (pgs. 438-439).

El efecto que logra Aramburu con estos recursos en Patria es curioso, porque al mismo tiempo hace uso de un lenguaje muy coloquial, a veces incluso en exceso, en las conversaciones entre sus personajes (tan “populares”…) y en los insertos que incluye en primera persona a lo largo del texto, cuando el foco del narrador principal, en tercera persona, se centra en los pensamientos del protagonista del capítulo en cuestión, pasándose a la primera. Ese contraste entre lo (supuestamente) alto y lo (tópicamente) bajo también ha obstaculizado mi lectura, y es uno de los rasgos que me ha “sacado”, una y otra vez, de la novela.

5. Aunque yo diría que eso no es lo peor en relación al lenguaje de Patria. Se supone que ambas familias son vascoparlantes y que, por lo tanto, se comunican principalmente en euskera (aunque eso se hace explícito muy pocas veces a lo largo de la novela, algo extraño, porque en una sociedad diglósica como la vasca es una de las cuestiones que el escritor tiene que abordar si quiere dotar de verosimilitud a sus novelas; los escritores en euskera no suelen perder de vista este problema y han encontrado diversas vías para solucionarlo o para soslayarlo, como hace Ramon Saizarbitoria, por poner un ejemplo, en Martutene o La educación de Lili). Sin embargo, en muchas ocasiones, la “supuesta” traducción al español de las palabras de los personajes aparece plagada de vasquismos, sobre todo del uso del condicional en lugar del subjuntivo (“si tendría”…), tan común (por lo visto) en el castellano del norte de España. Un defecto que no debería aparecer si realmente estuvieran hablando en euskera (se entiende que correctamente) en la hipotética Ur-versión de las conversaciones de la novela. Y lo que es peor, aunque, como he señalado, todos los miembros de ambas familias son euskaldunes, resulta que según nos alejamos del epicentro terrorista-abertzale de la novela (formado por Miren y su hijo Joxe Mari, y, por extensión, Joxian) el castellano de los personajes va mejorando notablemente. Es decir, la lengua se utiliza como marcador moral (Aramburu ya lo hacía en algún cuento de Los peces de la amargura, como el titulado “Maritxu”), algo que quizá pase desapercibido para el lector no bilingüe, pero que para mí resta, una vez más, verosimilitud a la novela (Por cierto, ¿cómo se reflejará este rasgo en las traducciones al inglés o al alemán? Reconozco que es una cuestión que me intriga. Bueno, me intriga un poquito, tampoco quiero exagerar).

Son, seguramente, las desventajas de no ser un escritor bilingüe, o, al menos, de no tener un conocimiento básico de la otra lengua oficial de su comunidad: alguien que sepa, además de castellano, euskera, jamás haría concebir a una vascoparlante como Nerea (al intentar aprender alemán) un pensamiento como este: “No le entraba en la cabeza que a estas alturas de la Historia la gente, en la panadería, en el hospital, de ventana a ventana, se expresara con declinaciones, a la usanza de los antiguos romanos”. O de los actuales euskaldunes, añadiría yo…

6. Por otra parte, si la literatura es una lucha contra el cliché, tal y como defendía Martin Amis, en Patria asistimos a una derrota al menos parcial de la misma. Los personajes son, en lo fundamental, estereotipos, reconocibles inmediatamente, y apenas cambian a lo largo de la obra, salvo en su superficie. Están, por supuesto, las dos madres, perfectos modelos del (mítico) matriarcado vasco; lo único que las diferencia son su posición política (a partir del acoso a que es sometido Txato por el entorno abertzale y del paso a la clandestinidad de Joxe Mari) y el hecho que, si bien Miren sigue siendo una beata, Bittori pierde la fe ante la connivencia de la iglesia vasca con la izquierda abertzale (por cierto, habría resultado mucho más plausible que Miren le rezara a San Antonio o a la virgen de Aránzazu para pedir favores: seguro que San Ignacio le resulta de lo más simbólico a Aramburu, pero –por desgracia para la suspensión de la incredulidad en el relato– no es un santo que cuente con ese tipo de devoción en el País Vasco…). Los dos padres están cortados por el mismo patrón (club cicloturista, partida de mus, calzonazos con los que nadie cuenta en casa, porque, ya se sabe, el poder familiar lo detentan las mujeres), salvo por el hecho de que Txato es un emprendedor, y Joxian un hombre sin iniciativa que seguirá siendo obrero en una fundición hasta su retiro.

Joxe Mari, por otra parte, responde al tópico del hombre de acción de ETA, con poco cerebro, mucha testosterona y nula capacidad de análisis sociopolítico, es decir, fácilmente manipulable por los políticos de la izquierda abertzale, primero, y por la dirección de la banda, después. Su proceso de desencanto con la lucha de ETA se resuelve rápido y, a mi entender, con demasiadas elipsis (me remito a lo señalado en el punto cuarto de esta reseña). Arantxa, la hija díscola del epicentro terrorista-abertzale, podría haber resultado un personaje más profundo e interesante si no fuera porque, en beneficio de melodrama, acabe atada, vía ictus, a una silla de ruedas y forzada a comunicarse malamente por medio de frases breves que escribe en un iPad; el desarrollo de los altibajos en su relación con su marido Guillermo (que representa a los hijos de la emigración llegada en los años cincuenta y sesenta) habrían merecido un bisturí más afilado. De Gorka, el hijo escritor y homosexual que se “autoexilia” a Bilbao, hablaré más en el punto 9; baste decir, en relación a la cuestión de los clichés, que el modo en que se nos muestra su relación con Ramuntxo, su pareja, es a través de las sesiones de masaje que se dan mutuamente (a veces “con final feliz”, como el propio autor se encarga de aclararnos).

En cuanto a los hijos de Txato y Bittori, Xabier y Nerea, lo significativo, en relación a su reacción tras el atentado contra su padre (es decir, a su desarrollo como personajes), es la inversión en paralelo de sus respectivos roles de género (tradicionales, por supuesto): Xabier se niega toda felicidad, y eso lo lleva a romper con su amante Aránzazu y a convertirse en un hombre sin deseo ni actividad sexual alguna, mientras que, por el contrario, Nerea empieza a llevar una vida sexual muy agitada (el mismo día en que asesinan a su padre le pide a José Carlos, un chico con el que apenas tiene relación, que pase la noche con ella y hagan el amor: “¿De verdad que te apetece?”. “Lo necesito”, pg. 44), sucumbe al amour fou con un estudiante alemán, y acaba en una relación “abierta” con su marido Quique. Son personajes que quizá habrían funcionado mejor en un libro de cuentos, pero a los que Aramburu no saca, en mi opinión, el partido que le ofrecían 619 páginas. Como decía David Foster Wallace, “tienes que entender que escribir novelas conlleva algo tan raro e infantil como tener un amigo invisible al que después matas, algo que nunca estuvo vivo salvo en tu imaginación (…). Los personajes de los relatos son diferentes. Están vivos en el rabillo del ojo”. Eso es lo que yo he sentido muchas veces con los personajes de Patria: que estuvieron vivos sólo en el rabillo del ojo de su autor…

(6.1. Hablando de clichés… ¿es que los escritores castellanohablantes no conocen nada de música vasca, aparte de Mikel Laboa y Txoria txori? No niego que Joxe Mari pueda tener ese exquisito y típico gusto musical, pero ¿no sería más congruente con los rasgos que el autor nos ha proporcionado sobre su personalidad y su historial militante que fuera fan de Kortatu, La Polla Records, Barricada o Hertzainak? Incluso en el caso de que no fuera así, ¿de verdad pueden obviarse en una novela de seiscientas y pico páginas sobre la vida social del País Vasco a lo largo de los últimos treinta y cinco años? Y eso que Ramuntxo lleva en la radio un programa “sobre la actualidad musical de Euskal Herria”, oportunidad que Aramburu desaprovecha para introducir alguna referencia que vaya más allá del consabido Laboa). (En la pregunta que encabeza este subapartado resuena el eco de una crítica que hizo en una ocasión el escritor navarro Jon Alonso a algunos rasgos de “tipismo” que halló en Galíndez, la novela de Manuel Vázquez Montalbán, cfr. “Ardo ezina (asmazio kaltebako baten kronika)”, in Agur, Darwin, eta beste arkeologia batzuk, Pamiela 2001. Aunque, al menos en su caso, Vázquez Montalbán tenía la disculpa de estar haciendo, en ese pasaje de la novela, “literatura turística”…).

7. La mayor parte de Patria, como he señalado antes, transcurre entre la segunda mitad de los años ochenta (que es cuando empieza el acoso social contra Txato) y los meses siguientes al anuncio del cese definitivo de la violencia por parte de ETA, en otoño de 2011. Aramburu, astutamente, nunca proporciona al lector fechas exactas, pero es posible hacerse una idea de la época en que están produciéndose los acontecimientos gracias a los datos indirectos que proporciona (tortura y muerte de Mikel Zabalza, matanza de Hipercor, negociaciones de Argel, caída de Sokoa, asesinatos de Gregorio Ordóñez y Miguel Angel Blanco…). Sin embargo, algo flota en el ambiente de la novela que no acaba de funcionar en ese sentido: no me atrevo a hablar de anacronismos, pero sí de un cierto décalage temporal. La presencia obsesiva de la religión y el papel dominante del cura don Serapio parecen más cosa de los años sesenta y setenta que de los ochenta o los noventa, por ejemplo, en los que el proceso de secularización del nacionalismo vasco (sobre todo del de izquierdas) estaba ya muy avanzado. Ese detalle le funciona mucho mejor a Aramburu en su novela Años lentos, ambientada precisamente en la época anterior a la que se sitúa esta; se nota que el autor la vivió de primera mano, y por eso pienso que su poder evocador chirría menos en aquella novela; en cambio, en Patria los discursos de Don Serapio a favor de ETA o de la literatura en euskera resultan inverosímiles, por extemporáneos o por burdos (cfr. pgs. 300-301 y 335). Por otra parte, las costumbres y el comportamiento de los estudiantes universitarios de Zaragoza no suenan como de muy a finales de los ochenta o principios de los noventa, sino a tiempos algo anteriores (véase la pg. 305). También me ha llamado la atención el uso del despectivo “maqueto” y la consideración siempre negativa de Miren hacia los inmigrantes llegados de España en los años del franquismo, incluso en el caso de que participen del credo de la izquierda abertzale y sean miembros de los grupos pro-amnistía (cfr. pg. 536, por ejemplo): no parecen propios de esa época, ni de ese entorno. Por otra parte, se me hace raro imaginar a africanos vendiendo bisutería en las fiestas de un pueblo vasco a finales de la década de los setenta (pg. 105); el programa Idazleak ikastetxeetan, que organiza visitas de escritores a la red educativa vasca (pública y concertada, no sólo a las ikastolas), no comenzó, en una versión incipiente y reducida, hasta el curso 1990-91, y el convenio que, para generalizarlo, acordaron el Gobierno Vasco y la Asociación de Escritores en lengua vasca no se firmó hasta 1996: es decir, de ningún modo en la segunda mitad de los ochenta (antes del asesinato de Txato), como sugiere el autor por boca de Gorka (pg. 243). No es la primera vez que me ocurre con Aramburu: tuve la misma sensación general con algunos de los cuentos de Los peces de la amargura, que exhibían características de un ambiente social que no correspondía al de los años noventa o de principios de siglo en que se desarrollaban, sino al de décadas anteriores.

8. Uno de los rasgos que acentúan ese desplazamiento temporal en la novela es el de la relativa ausencia de debate ideológico a lo largo de la misma, sobre todo en lo que al mundo de la izquierda abertzale se refiere. Puede que sea cierto que la ETA posterior a Bidart se convirtiera casi en un fin en sí mismo y que su combustible fuera únicamente el nacionalismo vasco más radical. Pero se supone que Joxe Mari se integra en la izquierda abertzale y, más tarde, cuando pasa a la clandestinidad, en ETA, durante los años ochenta: sin embargo, apenas hay referencias al marxismo o al socialismo revolucionario, muy presentes en las discusiones de la época; vale que el autor haya escogido a un “brutote” sin cerebro como representación (principal) del militante de ETA, pero me da la impresión de que, en una novela tan larga, era un factor del ambiente que se podía reflejar, a la hora de dar verosimilitud a ese aspecto del relato.

Lo mismo puede decirse de la escasa presencia de la vida colectiva y asociativa en la novela, tanto en el caso de la familia de la víctima (aunque Nerea, conforme pasan los años, se acerca, con menos reticencias que Xabier, a las asociaciones de víctimas; pero a Gesto Por La Paz, por ejemplo, no se la menciona ni una sola vez a lo largo del texto), como en la del victimario. En ese caso sí que me parece un poco más raro, porque la lucha a favor de la amnistía, los derechos de los presos de ETA y la gestión de la dispersión por parte de los familiares ha llevado a formas de acción colectiva muy enraizadas, en torno a las Gestoras Pro-Amnistía y otras asociaciones: una vez más, es algo que quizá podría soslayarse en un cuento o en una nouvelle, pero difícilmente en una novela de esta extensión. Ligado a todo esto, llama la atención, por ejemplo, este análisis que sobre la actividad de ETA hace, en un momento dado de la novela, Xabier: “Tienes que hacerte a la idea de que ETA es, ¿cómo te diría yo?, un mecanismo de actuación. (…) ETA debe actuar sin interrupción. No le queda otro remedio. Hace tiempo que ha caído en un automatismo de la actividad ciega. Si no hace daño no es, no existe, no cumple ninguna función. Este modo mafioso de funcionamiento está por encima de la voluntad de sus integrantes. Ni siquiera sus jefes pueden sustraerse a él. Sí, bien, toman decisiones, pero eso es sólo aparente. En ningún caso pueden no tomarlas, porque la máquina del terror, una vez que ha cogido velocidad, no se puede detener. ¿Me entiendes?”. No tengo nada que objetar, a fin de cuentas es una opinión (quizá demasiado analítica, demasiado “redonda” y enfática), expresada en conversación (con poca naturalidad) por uno de los personajes de la novela. El caso es que esto se lo dice Xabier a su padre Txato antes de su asesinato, es decir, a finales de los años ochenta, y yo diría que correspondería a un tiempo posterior, en el que este tipo de explicaciones se hicieron mucho más habituales. Porque, al margen de lo que podamos pensar de ETA y la izquierda abertzale, lo cierto es que la ETA de los años setenta no es la misma que la de los ochenta, ni la misma que la de los noventa; algo que también puede decirse, por cierto, del País Vasco en general, de España y de cualquier otro país. Quizá, no lo niego, sean los daños colaterales resultantes de ser profesor de historia, pero creo que son cuestiones a tener en consideración, dado el ambicioso planteamiento del que parte la novela.

9. Tengo que reconocer, por otra parte, que me ha dolido el “taconazo” que, aprovechando el personaje de Gorka, propina Aramburu al mundo de la literatura en euskera, al que pertenezco, me temo, tanto o más que al de la española. Es cierto que ha sido una constante en sus manifestaciones públicas, pero pensaba que, después de la retractación que se vio obligado a hacer tras sus polémicas declaraciones en la Feria del Libro de Guadalajara del año 2011 (cuando acusó a Bernardo Atxaga y a otros escritores en euskera de no ser libres para escribir en contra de ETA, a causa de las enormes subvenciones que reciben), había moderado sus opiniones sobre el tema.

No parece que sea así, a tenor de la manera en que representa al escritor vasco por medio del hijo menor de Miren. Gorka, como Arantxa, no está de acuerdo con la deriva abertzale de Joxe Mari y de su madre, y procura no participar, o hacerlo de manera discreta, en el ambiente de manifestaciones, asambleas, homenajes y visitas rituales a la herriko taberna que domina la vida social de los jóvenes del pueblo. Uno de sus refugios es la literatura, lo que le llevará con el tiempo a convertirse, además de en divulgador cultural de la cadena radiofónica que dirige Ramuntxo, en escritor… de literatura infantil y juvenil. Decisión que toma, claro está, para evitar los problemas que podría acarrearle tener que posicionarse sobre el tema: “Arantxa (…) lo animó a dedicar en el futuro sus mayores esfuerzos creativos a la literatura infantil. ‘Mientras escribas para niños, te dejarán tranquilo. Pero ay de ti, chaval, como te metas en líos de la tierra. En todo caso, si te da por escribir para mayores, pon tus historias lejos de Euskadi. En África o América, como hacen otros’” (pg. 345).

Dejando a un lado el mito de las subvenciones, sobre el que vuelve a insistir Aramburu, y que no creo necesario rebatir aquí, lo cierto es que esta es la visión simbólica que intenta dar de las letras vascas: la de una literatura infantilizada, escapista, incapaz de abordar temas de calado y, por lo tanto, de menor categoría que la que se escribe en castellano. Lo malo (para la tesis de Aramburu) es que la literatura euskaldún, como he intentado demostrar en el punto 2 de esta crítica, no responde a ese cliché, y se ha ocupado de los “líos de la tierra” desde hace mucho tiempo. Sobre todo, precisamente, desde el momento cronológico en que Gorka da comienzo a su carrera literaria, que estaría situado, según la novela, a finales de los años ochenta. Y eso sin meterme en el agravio comparativo que hace sufrir a la literatura infantil y juvenil, al considerarla incapaz, por naturaleza, de tratar temas “serios” o “comprometidos” (algo que podríamos debatir desde muchos ángulos, aunque, por el tema que nos ocupa, creo que es suficiente con mencionar Pikolo, un libro para niños de Patxi Zubizarreta, publicado en 2008, en el que se habla del conflicto a través de los ojos del hijo de un guardia civil de servicio en el País Vasco, con un grado de crudeza que poco tiene que envidiar el de muchas obras “adultas” y, desde luego, no tiene parangón, que yo sepa, en la literatura infantil escrita en español. Por cierto, hay traducción a este idioma, en Lóguez Ediciones).

10. Pirotecnias verbales y lenguaje “popular”; personajes y situaciones reconocibles con inmediatez y renuncia a explorar la gama de grises que suele ser el humus de la alta literatura; un posicionamiento político claro que impregna toda la obra y pretensión de exhaustividad; recurso al melodrama y acercamiento al “lado humano” de unos personajes sin fisuras; minimización de detalles referidos al contexto histórico y final esperanzador: me pregunto si entre algunos de estos parámetros alrededor de los que (a mi entender) se mueve Patria está la clave de su éxito de ventas y de su conversión en acontecimiento literario. Y la clave de los problemas que (también a mi entender) presenta como obra literaria, al menos para serlo de primer orden; en esto creo que mi reseña coincide con la que escribió hace unos meses Jabo H. Pizarroso para Estado Crítico, poco o nada divulgada. Porque yo situaría a Patria más en el plano de la literatura de consumo, que en el de la calidad que se le supondría a un libro que aspira a ser la Gran Novela de cualquier ámbito. Por poner algunos ejemplos comparativos, referidos a tragedias históricas de gran calado: si habláramos de la literatura acerca de la esclavitud afroamericana, Patria no sería Beloved, de Toni Morrison, sino Raíces, de Alex Haley; si nos refiriéramos al Holocausto, no sería Si esto es un hombre, de Primo Levi, sino El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Desde ese punto de vista, no es de extrañar que se haya anunciado con tanta celeridad el proyecto para convertir la novela en serie televisiva: el guión podría ser prácticamente la novela misma. Y que conste que esto no me parece, en principio, mal: el hecho de que muchos vascos, entre ellos muchos abertzales, hayan leído la novela y hayan rememorado, a través de ella, lo que han sufrido las víctimas en este país, me parece un buen síntoma, al menos desde el punto de vista social. Lo mismo podría decirse (aquí sigo a Alberto Moyano) de que alguien como el presidente Rajoy haya recomendado la lectura de una novela en la que las torturas llevadas a cabo por las fuerzas de seguridad del estado aparezcan como un hecho habitual. En ese sentido, no dudo de que la novela (y la serie posterior: bueno, ya veremos qué conservan y qué dejan de lado de la obra original) tenga alguna capacidad para contribuir al proceso de paz, reconciliación y memoria por el que tiene que pasar este país. Pero el problema es que aquí estamos hablando de otra cosa: de Literatura.

11. Por cierto que el autor, cediendo a la moda de la autoficción y a la inclinación, tan actual, de insertar en la obra misma el sentido preciso en que le gustaría que fuera leída (tendencias que, por desgracia, también están en boga en la literatura contemporánea en euskera), incluye un capítulo, el 109, en el cual, durante el coloquio de una asociación de víctimas del terrorismo al que asisten Xabier y Nerea, en el que el autor mismo es ponente, nos ofrece las claves de la novela que estamos leyendo, y en el que incluye su deseo, expresado en tantas entrevistas, de que el libro contribuya a la derrota literaria de ETA (pg. 529). Afirma además el alter ego de Aramburu: “Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias” (pg. 528), algo que me parece loable, pero, en todo caso, evidente para cualquiera que haya llegado a ese punto de la novela. Y añade a continuación, modesto, en la misma página: “Pero también escribí, desde el estímulo de ofrecer algo positivo a mis semejantes, a favor de la literatura y el arte, por tanto a favor de lo bueno y noble que alberga el ser humano. (…) Procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política. Para eso están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico y los foros [de víctimas del terrorismo] como éste”. Y los capítulos autojustificativos como éste, añadiría yo. Un capítulo que, contradiciendo lo que el mismo autor parece defender, detiene el relato para reafirmar la postura militante de la que parte la intentio auctoris.

12. Y ahí reside, para mí, el quid de la cuestión, o uno de ellos, al menos. Discrepo con César Aira cuando defiende que “la literatura no sirve para nada que no sea ofrecer el placer que produce”. No, la literatura sirve para algo más; si para mucho o para poco, es otra discusión. Pero la mejor literatura, la que (creo yo) más acaba sirviendo para algo más, es la que se escribe como si no fuera a servir para nada. O, al menos, la que no se escribe bajo la losa de su utilidad inmediata, sea ésta política, moral o económica. El hecho de que Patria no me haya convencido como obra literaria, tiene que ver, entre otras cosas, con eso.

portada patria

“Patria” gelditzeko etorri da (+ Berehalako plan estrategiko baterako proposamena)

[Testu honen bertsio labur(xe)ago 2017ko martxoaren 7an plazaratu nuen, Hala Bediko Araba Hizpide saioan irakurtzen dudan iritzi-zutabe gisa]

Garai batean ingenuo batzuek, Jokin Muñoz idazleak edo –aitor dut– nik neuk bezala, pentsatzen genuen euskal literatura garaikidearen nazioarteko sormarka, Munduko Letren Errepublikan ezagun egin ahal izango gintuen gai izarra, Euskal Gatazka dontsua izango zela, euskal terrorismoen inguruko fikzioa, edo, norberak bere aldetik deitzen zion bezala, Gauza (“La Cosa”).

Denborak erakutsi zigun zein oker geunden. Alde batetik, ematen zuen nazioarteko arrakastan, euskarazko literaturari tokatzen zitzaion portzentaje ñimiñoan, Amèlie ildoko nobela adeitsuek izango zutela lehentasuna (SPrako tranbia), edo euskal kostunbrismoa postmodernoki berritzen zuten produktuek (Bilbao-New York-Bilbao). Bestetik, gure terrorismoa oso txiki geratu zen XXI. mende honetako terrorismo globalaren bektore nagusien ondoan, are gehiago ETAk bide armatua utzi eta gure bake prozesu eternalari hasiera eman zion momentutik.

Baina paradoxikoki –Historiak txiribuelta horiek izaten ditu– agian Gauza bai izango dela erdarazko euskal literaturaren salbazioa, Fernando Aramburu idazle donostiarraren Patria eleberriaren arrakastak aditzera emango lukeen bezala. Oraingoz mundu hispanikoan eduki duena, Tusquets bere ohiko argitaletxearen eskutik, baina agian biderkatuko dena hemendik gutxira –ingelesezko itzulpenak, antza, Motherland izenburu freudiano-edipikoa eramango du–.

Ezin da ukatu Arambururen irrika: Gauzaren Inguruko Nobela Handia eraiki nahi izan du, jazarpenak eta hilketak etsaitutako bi familien istorioak txirikordatuz, 1980ko hamarraldiko berunezko urteetatik gaur egungo –ustezko– berrasdiskidetze uneetara arte, seiehun orrialde pasatxo erabiliz horretarako. Den-dena agertzen da: atentatuak, tortura, ETAren biktimek jasandako bullying soziala, euskal gizartearen indiferentzia, kartzela eta presoen sakabanaketa, komando baten jardunaren gorabeherak… Baina hori guztia prosa hanpatu batez aurkezten zaigu, estereotipotik apenas urruntzen diren pertsonaien bitartez, melodramaren baliabide ohikoak direla medio… Ez da harritzekoa liburua argitaratu eta horren gutxira telesail bihurtzeko akordio bat lotu izana: nobela hain da eskematikoa ezen apenas egin beharko baita gidoi sinpleenerako egokitzapen-lanik…

Obra, zer esanik ez, “ETAren garaipen literarioa” lortzeko tresna gisa sortu zen, egileak berak aldarrikatu bezala, eta baita Gauzaren inguruko “behin betiko nobela” bihurtzeko ere, argitaletxearen propagandak apalki defendatzen zuen bezala: euskal literaturak alor horretan egindako lan guztia alboratzen zen horrela, Ramon Saizarbitoriak, Jokin Muñozek, Xabier Montoiak, Bernardo Atxagak, Harkaitz Canok, Anjel Lertxundik, Mikel Hernandez Abaituak, Arantxa Urretabizkaiak, Jose Luis Otamendik, Eider Rodriguezek, Aingeru Epaltzak eta beste batzuek idatzitako guztia alegia… Baina zer axola: euskaraz argitaratu zuten horiek guztiek, hizkuntza gutxitu batean alegia; ia ikusezinak dira, beraz. Arambururentzat eta Tusquets argitaletxearentzat, bederen.

Agian arazoa da, gainera, aipatutako guztiak Literatura egiten saiatu zirela gaiarekin, Literatura maiuskulekin, eta ez foilletoia, Aramburu bezala. Eta agian horregatik, orobat, ez zuten haien lanek Patriaren oihartzuna lortu.

Akaso heldu zaigu ordua, Gauzaren Inguruko Euskarazko Nobeloi Handia lortzeko bide estrategikoan, literatur anbizioak bezalako tontakeriak abandonatzeko, eta adituengana propio jotzeko, konkurtso-oposaketaren bitartez, edo, zuzenean, izendapen aulikoaren aldaeraren bat erabiliz; nik zer dakit, Jon Arretxe, Jasone Osoro, Alberto Ladron Arana edo Karmele Jaiorengana… Eta Eusko Jaurlaritzako edo Nafarroako Gobernuko Kultura sailek ez badute horretarako berehalako kreditu-lerro bat irekitzen, crowdfunding baterako deia zabal genezake, presazkoa baita kontua, eta best-sellerrak ez baitira gaurtik biharrera manufakturatzen…

patria camelias 2

Seis porqués para la presentación de “El eco de los disparos”, de Edurne Portela

El martes día 4 de octubre participé en la librería Zuloa de Vitoria-Gasteiz, junto al periodista Iker Armentia y la propia autora, en la presentación del libro de Edurne Portela El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia (Galaxia Gutenberg, 2016), una obra sobre las representaciones artísticas de la violencia de estas últimas décadas en el País Vasco, es decir, nuestra versión de lo que en Irlanda del Norte se ha venido denominando The Troubles, y en la cuadrilla del escritor navarro Jokin Muñoz (y también en la mía, curiosamente y sin que tuviéramos conocimiento mutuo) dimos en llamar La Cosa. Este es el texto que preparé para dicha presentación (no es una crítica, por lo tanto, lo subrayo porque hay quien confunde ambos géneros); tras su lectura Portela dio paso a su propia intervención, y después tuvimos ocasión de debatir, entre nosotros y con el público asistente, algunas de las cuestiones que se habían planteado. En todo caso, en mi texto mencionaba las seis razones por las que me parecía que el de Portela es un buen libro: porque es raro, porque es riguroso, porque no es neutral, porque (sin embargo) no es vengativo ni justiciero, porque es personal y, finalmente, porque es atrevido.

-En primer lugar, creo que El eco de los disparos es bueno porque es un libro raro, en el mejor y más radical sentido de la palabra. Raro, porque hay pocos como este, porque pertenece a un género que es difícil de clasificar. Se trata de un ensayo, sí, y se presenta en una colección y formato que nos remiten a ese género. Pero es más que eso, porque, me atrevo a decir, es asimismo un libro de memorias, con pasajes autobiográficos que funcionan con la exactitud de los buenos cuentos. Y, si te descuidas, por ese camino, es también un libro de historia, quizá no de Historia en mayúscula, pero sí de una historia personal que se convierte en colectiva a lo largo de un libro interdisciplinar. Y eso también es raro, o poco habitual. Porque de una estudiosa de la literatura como Portela (doctora en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Chapel Hill, y profesora titular de Literatura Hispanoamericana durante muchos años en la Universidad de Lehigh) se podría esperar un libro muy “filológico”, pero no es así, pues combina perfectamente el estudio del hecho literario sobre La Cosa con el del cine, el del mundo audiovisual, el de las artes plásticas y el de los hechos políticos y sociales. En un equilibrio excelente, y sin caer en esa excusa para construir teorías abstractas o hacer sociología de saldo en que se han convertido en muchas ocasiones, para las gentes de las Humanidades, los llamados Cultural Studies.

-Pienso, por otra parte, que es un buen libro porque, ligado con esto que acabo de decir, es un libro riguroso, aunque no academicista. Tiene su bibliografía, sus citas bien fundamentadas, sus notas a pie de página, pero, con todo el músculo de rigor académico que exhibe, no es un libro “rígido”. El equilibrio, el tono que ha logrado Portela con este libro tiene mucho mérito; es un libro que se lee muy bien. Bueno, relativamente bien, como trataré de explicar más adelante. Y es un libro que, además, huye de la teorización por la teorización y de ese lenguaje abstruso que muchas veces caracteriza a los estudios contemporáneos, y me hacen añorar los tiempos en que Edward P. Thompson se lanzaba a la yugular de Althusser esgrimiendo argumentos como los de su obra Miseria de la teoría. Desde luego, no es el caso del libro de Portela, ni mucho menos.

-Y puede que una de las razones de que sea así es que se trata de un libro riguroso, pero no neutral. Es un libro de combate, de reflexión, sobre todo de autorreflexión, histórica pero también ética, sobre lo que nos ha pasado en estos últimos cincuenta años de historia en el País Vasco, lo que hemos hecho y, sobre todo, lo que hemos dejado de hacer, en relación a todas las violencias que hemos sufrido, pero sobre todo en relación a la (a mi entender) más importante de ellas, la proveniente de ETA y su entorno. Por eso he señalado antes que se lee relativamente bien: la prosa corre como la pólvora, pero quema también; a mí por lo menos me ha dolido leer muchas cosas. Y en ese sentido es un buen antídoto, amargo como el aceite de ricino, contra ese “pasar página” al que (me temo) muchos tenemos, en demasiadas ocasiones, tentación de recurrir, en este país. Llevamos pasando página desde la guerra civil, o, si te descuidas, desde las guerras de bandos. Y así nos ha ido…

-Aunque, por otra parte, el hecho de que no sea neutral no quiere decir que este sea un libro justiciero o vengativo, que es con lo que se confunde a veces la no-neutralidad, o la lucha contra una supuesta equidistancia entre dos bandos que, a mi modo de ver, nunca han existido como tales en el País Vasco. La autora, si con alguien ajusta cuentas, es consigo misma, y con su pasado. Y plantea sus dudas, sus inseguridades, no cae en ese discurso tajante, avasallador, de esos autores que, tras su caída en el camino a Damasco, vuelven a subirse a otro caballo desde el que continúan tronando y, por supuesto, teniendo siempre razón, aunque sea en un sentido contrario al que habían defendido antes. Hasta cuando discrepa o critica, Portela mantiene un tono mesurado, respetuoso, que huye de lo tajante. El eco de los disparos, en ese sentido, es un lugar de reflexión y debate, no el templo de un dios monoteísta, o un tribunal de última instancia. Ni mucho menos. Es un libro que nos interpela, pero que también nos explica, o nos da herramientas para autoexplicarnos.

-El libro me gusta también, y me ha conmovido, porque es personal. Creo que estoy repitiendo algo que ya he mencionado antes, pero Portela hace lo contrario de esos malhechores o héroes de película barata que sueltan un “no es nada personal” antes de descerrajarle un tiro a alguien. Aquí, desde luego, no hay disparo, pero tampoco esa reivindicación de frialdad profesional. En ese sentido, la función que tienen los textos, los pequeños relatos biográficos que interrumpen la cañada principal del libro, que es un análisis de las representaciones artísticas de La Cosa, es muy importante, pues en realidad no lo rompen, sino que vertebran todo el libro, desde que la autora cuenta sus visitas de pequeña a los “barbudos” del País Vasco Francés, hasta su reencuentro con una vieja conocida que fue en su tiempo víctima del terrorismo de ETA, pasando por sus tiempos de pogo en los conciertos de Soziedad Alkohólika y su reacción en fiestas de Santurce cuando anunciaron el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y, ya lo he dicho antes, están extraordinariamente bien escritos, sin caer en la cursilería o la pedantería en que suelen incurrir algunos novelistas al tratar el tema. Con sobriedad y economía, es decir, con efectividad literaria.

-Y esa naturaleza personal creo que tiene que ver también con el hecho de que sea un libro atrevido, que no huye de la polémica. Porque plantea, desde los estudios hispánicos, una visión diferente, o por lo menos no muy habitual en el mainstream sobre La Cosa. Porque busca la discusión de ideas, el debate, como cuando pone en cuestión el uso del humor para tratar el problema, a la manera que se hizo, por ejemplo, en la película Ocho apellidos vascos. Pero huyendo de la idea de la imposición de una visión inequívoca y maniquea, como he mencionado antes. Es un libro, por tanto, que no gustará a los amantes de la brocha gorda y de la distinción nítida entre el mal (absoluto) y el bien (absoluto), o a los adoradores del binomio patria-pueblo (sean cuales sean dicha patria y dicho pueblo),  es decir, a aquellos que descreen de que una de las funciones de la literatura (y de las artes en general) es buscar el matiz y explorar la gama de grises. Y esa es una propuesta que, a día de hoy, es casi revolucionaria, viniendo del ámbito de donde viene (la academia, los estudios de literatura hispanoamericana) y dirigiéndose al público que se dirige (el de habla hispana, porque para el euskaldún quizá no sea, en principio, tan novedoso lo que Portela propone, aunque tenga la ventaja de venir mejor explicado que la mayoría de los trabajos que tratan sobre el tema).

Vamos, que este es, para mí, el auténtico must de la temporada literaria, en cuanto a La Cosa se refiere, y no Patria, la novela “definitiva” sobre el asunto de Fernando Aramburu… En el ámbito de las representaciones de la violencia en el País Vasco, como demuestra Portela, se ha hecho mucho, malo, pero también bueno…tanto, que nadie puede arrogarse, a estas alturas, exclusividad alguna. Y no me cabe duda de que, ahora que han callado las armas, se seguirá escribiendo / filmando / pintando / esculpiendo / componiendo / haciendo mucho sobre el tema. Tanto bueno, como regular y malo…

el eco de los disparos bilaketarekin bat datozen irudiak

Mahaikidea

[Artikulu honen bertsio laburrago bat Ortzadar gehigarrian argitaratu zen 2015eko urriaren 24an].

ETAren armak isildu arren, euskal gatazkaren (“Gauzaren”) inguruko literaturak zer esana ematen jarraituko du luzaroan: gaia gurekin geratzeko iritsi zen Ramon Saizarbitoriak 100 metro idatzi zuenetik gutxienez. Isildu arren, esan dut? Agian alderantziz da: giroa baketsuago delako gaiari buruz zuzenean edo zeharka arituko diren literatur lanen kopurua esponentzialki hazteko aukerak handiagoak direla pentsatzen dut maiz. Bide batez esanda, bitxia egiten zait, batzuetan, nola ekiten dioten kontuari orain arte hari buruz txintik ere fikzionatzen ez zuten egile zenbaitek…

Euskarazko literaturari behin baino gehiagotan egozten zaion ezaugarri bat da (ETAren) biktima ez dela, preseski, bere arreta gune nagusia izan, gehiago fokatu duela etakidearen figura, edo haren ingurumaria. Moralistegi jokatu ohi duten batzuen iritziaren kontra, ez dut uste kezkatzeko zerbait denik, eta “euskal idazlearen” jatorri sozial eta historikoarekin lotutako arrazoiak daudela horren oinarrian. Eta gaiari buruzko aipatu lanen hazkundeak berak ekarriko duela, akaso, aniztasun zabalago bat.

(Dena dela, gaia beste era paradoxikoago batean planteatu daiteke: euskaraz egindako “Gauzaren” literatura gehiena edo ia gehiena dela, baita etakideak erdigunea direnean ere, biktimen inguruko literatura bat, etakidea bera gutxitan azaltzen baitzaigu, gordinean, biktimario gisa; horren inguruko azken adibideetako bat, literarioki oso ahula, Mikel Antzaren Ametsak ere zain poesien bilduma da. Baina jarrai dezadan artikuluari eman nahi nion ildoarekin).

Bien bitartean, “biktimen literaturaz” jabetzeko gaztelaniazko produkziora jotzen jarraitu beharko dugu, nagusiki, eta hor, euskarazkoan bezala, lan onekin eta ez horren onekin aurkituko gara. Lehenengoen artean dago, nire ustez, Gabriela Ybarraren (Bilbo, 1983) El comensal nobela autobiografiko eta “sendizkoa” (Caballo de Troya, 2015), zeinaren zati nabarmen batek egilearen beraren aitonaren, Javier Ybarra Bergéren bahiketa eta hilketaz baitihardu: irakurle askok gogoratuko duten bezala, Ybarra, Neguriko oligarkiaren figura gailenetako bat, ETA politiko-militarreko berezien komando batek bahitu zuen 1977an, lehenengo hauteskunde demokratikoen bezperatan; erreskatea ez zen ordaindu (garai haietako mila milioi pezeta eskatzen zituzten), eta haren gorpua urte horretako ekainaren 22an aurkitu zuten Barazar inguruan. Bahiketan, besteak beste, Apala eta Pakito etakide ezagunek parte hartu zuten, eta agian baita Yoyesek ere; hurbileko familiak dirua biltzeko izan zituen zailtasunek (eta klaneko partaide batzuen aldetiko ekintzarik ezak edo are “traizioak”, tenore hartan) beren oihartzuna dute nobela honetan bertan. Javier Ybarraren inguruneaz jabetzeko (garai hartan El Correo taldeko burua, Babcock & Wilcox-eko presidentea eta Bizkaiko Bankuaren kontseilaria, besteak beste) oso lagungarriak izan daitezke bere seme Javier Ybarra Ybarrak idatzitako Nosotros, los Ybarra biografia historikoa (Tusquets, 2002) eta, batez ere, Pablo Díaz Morlán historialari ekonomikoaren Los Ybarra. Una dinastía de empresarios (1801-2001) (Marcial Pons, 2002).

El comensal ez da lan historiografiko bat, historia hurbilean eta pertsonalean sendo sustraitutako nobela baizik; izan ere, lanaren bigarren partearen ildo nagusia egilearen amaren minbizi eta heriotzarekin lotuta dago (Ernestina Pasch, Bilboko kapital ondasunen eta ekipoaren inportazio-enpresa baten jabe zen jatorri alemaneko familiarekin harremanatuta), eta, alde horretatik, injustua litzateke nobela hau soilik “Gauzaren” literaturan sartzea, komunikabide batzuk egiten saiatu diren bezala. Galeraren, hutsunearen eta dueluaren inguruko nobela bat da, beraz, pultsu bereziki sendoaz idatzia, sikua baina aldi berean iradokitzailea, ez gutxitan mingarria, eta lan autobiografiko edo autofikzionaletan (tamalez) horren ohikoak diren lirikokeria eta autokonplazentzia abzesuetatik urrun mantentzen dena (zorionez). Egileak, bestalde, ez du bere jatorri sozialaren arrandia egiten, baina ez da hartaz lotsatzen ere: argi dago goi burgesiaren partaide baten nobelaren aurrean gaudela, niri behintzat interesgarri suertatu zaidana (izendapen hori, “nobela burgesarena”, euskal literaturaren alorrean horren erraz erabiltzeko joera dutenentzat hausnarketa gai izan beharko lukeen zerbait, bide batez esanda).

Egia da, nire ustez, lanaren bi atalen arteko ainguraketa ez dela oso irmoa, nobela izateko alegia, baina arazoa ez da agian horren larria, batez ere kontutan hartuta idazlearen aurrenekoa dela, eta nik, ipuinlari gisa, nobela generoa zerbait zurrunegia bezala ikusteko joera izan dezakedala. Nobela, azken finean, liburu-hegalean “nobela” hitza erakusten duen oro da. Ez nau sobera konbentzitu, bestalde, liburuaren amaiera aldera egiten den torturaren inguruko aipuak, behartuegiagatik eta bere baitan nolabaiteko “baina” eramateagatik (ikus 160. orrialdea). Nahiz eta, agian, “autokritikaren” hedakuntzaren ikuspegitik (barkatu horren boladan dagoen kontzeptua hona ekartzeagatik) detaile pozgarritzat hartu beharko litzatekeen.

Edonola ere, “Gauzarekin” edo “Gauzarik” gabe, denboraldi honetan kontuan hartzeko lanetako bat, ziurrenik. Eta, agian, jarraitzeko moduko egile berri bat.

DSCN5610[1]

Onena iristeke? “Gauzaren” literaturaren norabide berriak

[Artikulu honen lehen bertsioa Galde aldizkariaren 8. alean argitaratu zen].

Euskal gatazkaren –hemendik aurrera Gauzaren– literaturari dagokionean… iristeke al dago oraindik onena? Euskal sorkuntza literarioaren azpigenero honetan sumatzen diren ugaltze zantzuek gaiaren inguruko urrezko aro baten atarian jartzen al gaituzte?

Gustatuko litzaidake hala izatea, eta ziurrenik badaude motiboak apalki optimistak izateko. ETAk bide militarra utzi izanak –gerra bukatu izanak alegia–, dudarik gabe, eragina izango du. Stuart Neville idazle ipar irlandarrak defendatzen zuenez, “gu guztiok, berdin dio lubakiaren zein aldetan geunden, egia deseroso batzuei aurre egin beharko diegu, zeinen aurrean agian itsututa egon baikinen iraganean. Uste dut fikzioak protagonismo handia izango duela prozesu horretan. Edozein gatazkako fikziorik interesgarriena ez da heltzen hura amaitzen den arte” (letra etzanak nireak dira). Antzeko zerbait aldarrikatzen zuen Ricardo Menéndez Salmón idazleak: “Literatura ona ekaitzaren ostean idazten da beti” –Madrileko 2004ko atentatuen inguruko El corrector bere nobelan, hain zuzen ere–. Alde horretatik onartzen dut ez dudala bereziki konpartitzen Beñat Sarasolaren kezka une historikoaren eta horren gauzatze literarioaren arteko gapari dagokionean (ikus bere “Denbora emanaz” artikulua, Berria 2014-IX-18): bat-batekotasun literarioa ez da, berez, ezeren berme –Errusiako inbasio napoleonikoari buruzko nobela (ziurrenik) onena, Gerra eta bakea, gertakariak amaitu eta mende erdi geroago eman zuen argitara Tolstoik; edonola ere, Sarasolak erabiltzen dituen kontra-adibideak, Jonathan Franzenen Askatasuna eta bestelako idazle estatubatuar garaikideenak, ez zaizkit bereziki esanguratsuak iruditzen…–. Gauzak geroratzea ere ezerren berme ez den bezala, bestalde. Kontu bati buruzko maisulanak –edo maistralanak– edozein unetan ager daitezkeela uste duen horietakoa naiz, gertakariekin batera edo handik dezentera. Are gehiago, posible dela sekula maisulanik ez sortzea ere. Baina  ematen du uste nahikoa hedatua dela gatazkaren unerik gogorrenak igarota aukera handiagoak daudela horrela gertatzeko.

Gure artean Ramon Saizarbitoria izan zen, bere azken nobelari emandako Euskadi Saria aipagai, baikorren agertu denetako bat, alde horretatik: “[Martutenek] esperantza piztu dit gure historia gertukoaren kontakizuna adostuko dugun eguna ez dagoela urrun. Esan dezadan bide batez, sinistuta nagoela euskal narratibak paper garrantzitsua jokatu behar duela eginkizun horretan”. Jose Luis Otamendi, duela ez horrenbeste, ildo optimista horretan kokatzen zen orobat, bere azkeneko liburua hizpide zuela, eta gai horrekin lotuta: “Pentsatzen dut literatura berez ekintza positibo bat dela, dudarik gabe. Doluarentzako, etsiarentzako tartea egon litekeen arren, beti saiatu izan naiz giltza izatea aurrera egiteko, eta generoak [kasu honetan poesiak] ematen du horretarako aukera”. Eta baita Katixa Dolhare-Zaldunbide ere: “Ondoko urte eta hamarkadetako euskal literaturari begira igurikapen handiak ditut: segur da eleberrietako pertsonaiak gero eta sailkagaitzagoak izanen direla –ez heroiak, ez eta arras anti-heroiak ere–, gero eta dudakorragoak eta bihurriagoak izanen direla, hots, gero eta humano eta errealistagoak”.

Nik uste dut neurrian izan behar dugula optimistak, izatekotan. Alde batetik, argi dago ugaritasunak kalitatezko lanen agerpena gauzatzeko aukera gehiago eskaintzen dituela. Printzipioz. Eta ematen du, uholde forma hartuko ez badu ere –ezerk ez du uholde forma hartzen gurea bezalako literatura txiki batean–, badagoela gaiaren inguruko interes berritu bat: are orain arte albo batera uzten edo oso zeharka tratatzen zuten gure literaturako izen handiak, Unai Elorriaga –bere azken nobelan– edo Kirmen Uribe bezala –bere hurrengo lanaren inguruan eskaini dituen lehenengo zantzuen arabera–, ematen du orain Gauzaren literaturari ekarpenak egiteko prest daudela. Bestalde, argi dago literatura testimonialak, lehendik existitzen zen arren –gogoan har ditzagun, besterik ez bada, Bikilaren edo Agurtzane Juanenaren lanak–, gora egingo duela testuinguru berri eta lasaiago honetan –hortxe, froga gisa, Julen Madariagaren Egiari zor, adibidez, edo, aurretixeago garaiez ari bada ere, Arantxa Urretabizkaiaren Zuri-beltzeko argazkiak–, eta hori, zalantzarik gabe, aberasgarria izango dela ikuspuntu askotatik. Nahiz eta alde horretatik agian gehien ugaltzen ari direnak ez diren, akaso, euskarazko lanak, gaztelaniaz idatzitakoak baizik, Mariasun Landaren Fiesta en la habitación de al lado, Idoia Estornesen Cómo pudo pasarnos esto edo Joseba Zulaikaren Vieja luna de Bilbao. Crónicas de mi generación bezalakoak –besteak beste–. Edo, osagarri ustez autobiografiko dezente izan arren, nahiz eta emaitza literarioaren aldetik lan nahikoa ahulak ere argitaratu diren, Mikel Antzaren Atzerri edo Carmen Gisasolaren Gaur zortzi bezala (blog honetan bertan iruzkindu direnak).

Bestalde, Gauzaren literaturaren inguruko urrezko balizko aro berriaren inguruko baikortasuna apaltze aldera, ezin dugu alde batera utzi egon badagoela gaiaren banalizatzearen edo bestsellerizazioaren ageriko arriskua, armak isildu diren zirkunstantzia berriotan; Stuart Neville bera, lehen hizpide izan dugun idazle irlandarra, thrillerren egile izateagatik da batik bat ezaguna. Euskal nobela beltza, esate baterako, gaiari lehentxeago baino gogo handiagoz heltzeko prest dagoela ematen du, zuzenean edo zeharka, Iñaki Irasizabal edo Alberto Ladron Arana bezalakoen azken lanek islatzen duten bezala –vid. Bizkartzainaren lehentasunak, Piztiaren begiak, Harrian mezua…–. Orain arte, ordea, eta salbuespenak salbuespen, generoak saihestu ditu mota honetako crossoverrak, batez ere bere erregistro arrunt edo kontsumokoenean, nahiz eta Gauzaren eta polararen arteko gurutze-bidea tentagarria bezain agerikoa izan, teorian behintzat; adibide adierazgarria, alde horretatik, Aingeru Epaltzaren Rock’n’roll bikaina litzateke, nobela bat zeinetan, egileak berak adierazi bezala, gatazkarekiko erreferentzia oro arbuiatzen baitzen, nolabaiteko interferentziak saiheste aldera. Gauza bera esan liteke komediaren erregistroaren inguruan, zeina, ziurrenik, erabiliagoa izango baita hemendik aurrera –gogoratu Woody Allenen ustezko ekuazioa: tragedia + denbora = komedia–, Ernesto Prat Urzainkiren Orpoz orpo erotiko-festiboa bezalako produktuen irteerak iradokiko lukeen bezala –kasu honetan, Xabier Silveiraren A las ocho en el Buleren kutsu argiarekin, lesakarrarena baino are grazia gutxiagokoa baina, eta euskal landismo baten mugetan kasik–.

Kantitateak –eta hori badatorrela dirudi– ziurrenik kalitatezko lanen hazkunde bat ekarriko du. Baina baita lan ez horren onen edo ez horren esanguratsuena ere. Ezin jakin zer gailenduko den, ezta produktu berriek ere orain arteko Gauzaren inguruko literatura gaindituko duten. Norbaitek argudiatu dezake Twist edo Martutene bezalako nobelen edizioak iragarpen onak direla… Baina –galdera– bi liburu horiek ETAosteko literaturaren lehenengo ordezkariak dira, ala –niri litekeena iruditzen zaidan bezala, kontzepzio eta idazketa garaia kontuan hartuta, ez argitaratzearena– ETAren garaiko literaturaren beltxargaren kanta?

“Yo, asesino” komikiaz (albo-ohar batzuk)

Leitu berri dut Antonio Altarriba idazlearen (Zaragoza, 1952) eta Keko Godoy marrazkilariaren (Madril, 1963) Yo, asesino komikia (Norma, 2014), azken denboraldiko berritasun arrakastatsuenetako bat (alorreko Kritikaren Sari Nagusia irabazi berri du Frantzian, han argitaratu baitzen Espainian eta gaztelaniaz baino lehenago, Moi, assassin izenburupean, Denoël argitaletxean). EHUko artearen historiako irakasle eta noizbehinkako hiltzaile baten ibilerak azaltzen dira komikian: kontaera nagusia gaur egunean kokatuta dago (urtebeteko epealdi bat hartzen du, hortxe-hortxe, 2013 inguruan), baina flashback ugari egiten ditu, “erailketaren artearen” inguruko hausnarketa teoriko eta praktiko frankoren azalpenarekin batera. Neurri handi batean autofikzio bat den arren (egia da irakaslea ez dela frantses filologiakoa, erretreta hartu aurretik Altarriba zen bezala, baina fakultate berdinean egiten du lan, eta pertsonaiaren itxura oso bere antzekoa da), eta bere trukulentzia gorabehera, gustatu zait komikia, nahiko nabarmena delako kasu honetan gehiago dela bide bat estetikaren inguruko ideia (bitxi) batzuk plazaratzeko (besteak beste), norberaren loriari edo berezitasunei edo egunerokotasunari (edota norberaren “egiari”) kantatzeko baino; areago kontrara, zaila baita Altarribak eta Kekok aurkezten diguten Enrique Rodríguez Ramírez irakaslearekin enpatizatzea (beste kontu bat da bere ingurune hurbilak zer pentsatuko duen, noski: esaterako, bere andre ohiak, argazkilaria denak eta hemen, disimulu askorik gabe, ilustratzaile gisa agertzen dena…). Komikiaren iruditeria (gogorra, zuri-beltzean, gorriaren agerpen bikain kokatuekin, Sin Cityren ildoan nolabait, Mikel Ayerbek gogorarazi didan bezala) erakargarria da, sekuentziazioa oso lortua, eta trama kriminalaren garapena (suspentsea eta guzti) entretenigarria. Biolentziaren eta artearen inguruko teorizazioa, tantaka ematen zaiguna (bibliografiarekin batera, sotilki, aipatuak edo irudikatuak agertzen  diren liburuen azalen bitartez: guztien buru, zer esanik ez, De Quinceyren Hilketa arte eder gisa, baina baita Burkeren Sublimeari eta ederrari buruzko gure ideien jatorriaren inguruko ikerketa filosofikoa ere, eta abar), konpartitu ala ez, interesgarria da, eskaintzen zaizkigun artearen historiako “eskolak” eta korronte epistemologiko ezberdinen arteko talken zantzuak bezainbat. Eta bertan azaltzen dira, bestalde, Altarribaren idazle eta gidoilari ibilbidea zedarritu duten bestelako leit motiv eta obsesioak ere: bikote irekiaren aldarrikapena, pornografia lighta, plastika garaikidearen inguruko hausnarketa, literaturaren alferrikakotasuna eta “artea arteagatik” ikuspegiaren lehentasuna… bortizkeriaren eta minaren teatro guztiarekin batera, noski. Komikia ere bada, neurri batean, “kanpus eleberri” bat, unibertsitateko bizitza akademiko eta estrakademikoko zenbait alderdik (sailetako intrigek, epaimahaietako gorabeherek –egiten dituen bidaia akademiko ugariak baliatzen ditu narratzaileak bere krimenak gauzatzeko…–, ebaluazio agentziek, kongresuek eta erakusketek, ikasleekiko maite kontuek…) leku inportantea baitute bere orrialdeetan.

altarriba 3.4

Komikiaren gai nagusia ez bada ere, badu bere lekutxoa gure “Gauzak” Yo, asesino honetan. Eta horretaz mintzatuko naiz albo-ohartxo hauetan hain zuzen ere. Komikia, esan bezala, gaur egun kokatua dago, baina zenbait atzera salto egiten ditu, horietako bat Fernando Buesa eta Jorge Díez Elorzaren kontrako 2000. urteko atentatu terroristaren unera, nahiko era gordinean aurkezten zaiguna komikian (ikus goiko eta beheko irudiak): ni neu durduzatuta utzi nau pasarteak, gure kanpusean bertan gertatu izanak gogortasuna gehitu baitzion, gutako askorentzako behintzat, berez gogorra eta krudela izan zen ekintza horri.

altarriba 4 Beste kontu bat da Altarribak ETAren bortizkeriaren gaia probesten duela bere narratzailearen “erailketaren estetikaren” argudiaketan koska bat estuago egiteko eta debaldeko asasinatoa defendatzeko, ideien alde eginikoaren aurrean: “Deusengatik hiltzea iraultzailea da. Lotsagarri uzten ditu elkarri hiltzen jarraitzeko politikak, erlijioak, filosofiak edo psikologiak topatu dituzten arrazoi interesatuak… zentzua duela eman dezan… Komenentziazko zuribideak dira… Sekula ez motibazio zuzenak… Mundu honetan deusengatik hiltzea, funtsean, ekintza bakezale bat da… Aberriagatik hiltzea baino zintzoagoa, bederen” (35-36 orr.). Ondorengo orrialdeetan osatzen du ikuspegi hori (batez ere 115-116 eta 124-125), kapitalismoak, gerrek eta totalitarismo ezberdinek eragindako hilketa masiboen kritikarekin, baina niri, aitor dut, oso zaila egiten zait itzulipurdi dialektiko horren logikari euskarri bat aurkitzea, eta ez dio onik egiten (kontrakoa baizik) pertsonaia nagusiaren barne-koherentziari eta sinesgarritasunari.

altarriba 1

“Euskal gatazkaren” beste agerpen nagusia unibertsitateko saileko azpijokoen argumentu-lerroari dagokio (ikus goiko eta beheko irudiak). Batez ere saileko irakasleen bilera baten inguruan zentratzen da: bertan Pernando Garzia de Langarika departamentu buruak euskal preso politikoen “askatasunaren” aldeko testu bat onarrarazi nahi du saileko batzar batean, kide batzuen haserrea pizten duen zerbait (irten egiten dira bileratik eta, ondoren, ezker abertzaleak “menderatutako” sailkideen botazioaren ondoren, proposamena onartzen da). Alde batera utzita anakronismotxoa (halako eskaera batek, 2013an, nekez aipatuko luke presoen “askapena”, hurbiltzea edo sorterriratzea baizik, seguru asko) eta sailak ez direla, usu, halakoetarako lekua (sinesgarriagoa litzateke, nik uste, fakultate batzar batean edo klaustro nagusi batean), bitxia iruditzen zaidana zera da, hain modu errealistan kokatutako testuinguru batean (komikiko “Letren fakultatea” EHUko Gasteizko Letren fakultatea bera da –eraikinak eta barrualdeak irudikatzeko argazkiak erabiltzen ditu maiz Kekok–, ez eszenatoki neutro edo imajinario bat) halako egoera bat irudikatzea: nik dakidala, gure fakultatean, nik bertan ikasle eta irakasle eman dudan denbora guztian (eta inpresioa daukat gure unibertsitatearen gehiengoan antzera izan dela) ez dago sail bat ere “ezker abertzaleak” modu horretan “menderatu” duenik (are gutxiago Altarribak zuzenean ezagutu duenik, ze bere benetako saila, garai batean, fakultateko “konstituzionalistenetako” bat zela esatera ausartuko bainintzateke; agian Leioan egon da halakorik, modu argiagoan? Edo Donostiako kanpusean? Badaezpada, ez nuke lepoa egingo. Baina Gasteizen, ez dut uste). Argi dago eszenak egoera eta giro baten isla izan nahi duela, eta hor badagoela egia mingarritik asko (irakasle mehatxatuei eta erbesteratuei buruzko aipamenak, tamalez, eta guztion lotsarako, egia osoa dira, ez nahikoa gogoratua). Baina Altarribak bilatu duen bidea (Buesaren eta Díez Elorzaren kontrako atentatuaren eszenaren kasuan ez bezala) ez zait zehatzena iruditzen.

 altarriba 2

Hori, esan bezala, bestelako anakronismo txikiez ez hitz egitearren, gure fakultateko pasilloetan (2013an!) agertzen den presoen askapenaren aldeko kartela bezala (ikus beheko irudiko detailea), testuinguru batean zeinetan fakultatea afixez josita agertzen baita, gainera: itxura bat duela hamabost edo hogei urte errealitatetik hurbilago egon zitekeena, baina ez gaur egun, une bat zeinetan ezker abertzaleko ikasleen presentzia publiko eta publizitarioa gutxienekoaren azpitik baitago. Txillidaren ikurra daramaten kartelek eta “Amnistiarik gabe pakerik ez” leloak erakusketa museistikoetan lukete, garaiotan, leku gehiago, kalean baino (93 orr.). (Agian asunto honetan badago, Altarribarengan, lehenagoko egoera batzuen oihartzuna, are ni Filologia eta Geografi-Historia Fakultatera ikastera heldu aitzinekoak, ze orduan bai izan ziren, Trantsizioaren hastapenetan, istilu nahiko gogorrak –horietako bat edo beste Jon Juaristik aipatzen du, hitz-erdiz, bere Cambio de destino memoria liburuan, Seix Barral 2005–).

altarriba 5 (detaile)

Esan bezala, hau guztia nahiko ohar marjinala da, ez du komikiaren maila ezbaian jartzen, eta nik, zer esanik ez, irakurtzea gomendatzen dut. Lizentzia poetikoak dira, azken finean, edo horrelakotzat har daitezke, behintzat, eta, egiazki, ez dute garrantzia erabakigarririk komikiko gertakizun nagusiaren garapenean (narratzailearen barne-diskurtsoan aipatu “zirkuitulaburrak” eragiteaz landa). Baina errelatoaren zehaztasuna eta lekuko zuzenen testigantza hain inportantea omen den testuinguru historiko honetan, eta gaiak komikian leku nabarmena duela kontuan hartuta, uste dut aipatzekoa behintzat badela; albumeko narratzaile-hiltzailea bera iristen da esatera, pasarte batean: “[Euskal gatazkaren] Orrialdea pasatu aurretik, hura idatzi beharra dago… gertakarien errelato egiati bat egin…” (31 orr.). Eta albo-kontu hauek aipatu beharra dagoela diot, neurri batean gogorarazi didatelako beste fikzio batzuetan “igeri” geratzen den “anakronismo” edo “zaharmintze” sentsazio hori, adibidez Fernando Arambururen Los peces de la amargura (Tusquets, 2006) liburuko zenbait ipuinetan sumatu nuena: deskribatzen diren giro eta jarrera batzuek kontakizuna kokatzen zen garaiarekin guztiz bat egingo ez balute bezala, lehenxeagoko batekin baizik (liburuari meriturik kentzen ez diona guztiz, bestalde: niri lan ausarta eta balekoa iruditu zitzaidan, oro har). Antzeko sentsazioa izan nuen, denbora kontuak albo batera utziiz eta beste alderdi bati helduz, Ocho apellidos vascos bezalako produktu batekin (2014): filmak grazia egiten duen ala ez alde batera utzita (niri, ez bereziki), hizkuntzaren auziari ematen zion trataera (adibidez, eta suabe esatearren) ez zitzaidan batere emic iruditu (hots, nabaritzen da “kanpotik” egina dela, nahiz eta gidoilaria hemengoa izan…).

“Desfase” moduko horiek (Altarribarenak, Arambururenak, Cobeagarenak…) ez dira, ziurrenik, beren obrak gutxitzeko nahikoak (bueno, genero rolen inguruan ere zerbait esan zitekeen, ziurrenik, Yo, asesino/Moi, assassinen inguruan: ez naiz horretan sartuko, oraingoz). Baina hau bezalako iruzkintxo bat bederen merezi dutelakoan nago.

Gatazkari buruzko bi komiki

[Artikulu honen lehen bertsioa Galde aldizkariaren 7. alean argitaratu da].

Euskal gatazkaren gaia (edo “Gauzarena”, nahiago bada) gelditzeko asmoarekin etorri dela ematen du… literarioki, alegia, gertakari historiko gisa bortxaren edo (nahiago bada) terrorismoaren presentzia iraganeko zerbait bihurtzen ari baita egun. Badakigu gaia ez dela berria gure literaturetan, baina irudipen nahiko zabaldua dago ugaritze bat gertatzen ari dela gure Troublesen apaltze osteko garaiotan (Ipar Irlandako espresioa erabiltzearren). Hori konfirmatzera letozke azken urtean argitara emandako bi komiki, artikulu honen hizpide izango direnak: Felipe Hernández Cava eta Bartolomé Seguíren Las oscuras manos del olvido (Norma, 2014) eta Javier de Isusiren Baleak ikusi ditut (Astiberri, 2014; jatorrizko bertsioa gaztelaniaz, He visto ballenas). Oso komiki ezberdinak, arrazoi ezberdinengatik (aurrera dezadan) ase utzi ez nautenak.

Egileak aski ezagunak dira komikiaren munduan. Hernández Cava (Madril, 1953) zinema eta komiki gidoilari beteranoa da, Trantsizioaren garaitik lanean (gurean Ikusagerrek Lope Agirrekoari buruzko komikia argitaratu zion laurogeiko hamarraldiaren amaieran, Brecciaren marrazkiekin), Seguí marrazkilaria bezala (Palma, 1962), zeinarekin kointziditu baitzuen Madriz “Movidako” aldizkarian; dena den, haien errekonozimendua nahiko berantiarra izan da, kolaboratzen hasi zirenetikoa, 2000ko hamarraldiaren amaieran: orduan ondu zuten Las serpientes ciegas, Gerra Zibilaren garaian kokatutako thriller modukoa, 2009ko Komikiaren Sari Nazionala eskurarazi ziena. De Isusi, aldi berean gidoilari eta marrazkilari, gazteagoa da (Bilbo, 1972), eta 2000ko hamarraldiaren erdialdetik Astiberrik argitaratutako Los viajes de Juan Sin Tierra bidaia eta abenturen sailak (elementu autobiografikoak dituenak) lekutxoa egin zion Espainiako komiki munduko belaunaldi berrien artean.

Las oscuras manos del olvido marrazkiaren tradizio errealistan kokatutako albuma da, oso faktura klasikokoa, koloretan marraztua (estilo kasik piktoriko batekin) eta genero beltzaren kodeak eskuarki erabiltzen dituena: protagonista eta aldi berean narratzailea, Toinou, Marseillako mafiarekin lotutako sikarioa, kartzela aldi luze baten ostean euskal enpresario batek garai batean egindako enkargua betetzeko asmoa du, haren heriotza agindu zuen ETAren buruzagia hiltzea (horretarako diru bat utzi baitzion eraila izan aurretik). Istorioak, alde horretatik, Toinouren joan-etorriak kontatzen dizkigu Frantzia, Espainia eta Euskal Herrian zehar, non, batez ere, eta gure gatazkari dagokionean, (ETAren) biktimen ahanzturarekin biziki kezkatutako pertsonaiekin hitz egingo baitu, bere helburua betetzeko laguntza bila: atentatu haren biktima zuzenekin, noski (enpresarioaren alarguna, bizkartzain elbarria), baina baita bestelakoekin ere (erbesteratutako unibertsitate-irakasle ez-abertzalea; guardia zibil ohi bat, Euskal Herrian geratu dena biktimen memorian arakatzen segitzeko asmoz); beste argumentu-lerroek Marseillako mafiaren gora-beherekin dute zer ikusia, eta narratzailearen iragan gatazkatsuarekin (hala gaizkileen munduarekin nola Aljeriako gerrarekin lotua). ETAri eta ezker abertzaleari buruz ematen den irudia, zer esanik ez, fanatiko bihozgabe edo ziniko batzuena da, eta konspirazioaren teoriek badute bertan lekua (espainiar gobernua terroristak babesten ari dela, bake-prozesuaren mesedetan). Mezu nagusia (ETAren) biktimen ahanzturaren kontrakoa da (komikia, ez alferrik, Cristina Cuestari eskainita dago, eta biktimen elkarte batzuek biziki laudatu dute).

Baleak ikusi ditut, itxura batean, oso ezberdina da. Bere formatua “nobela grafikoa” deritzonera hurbiltzen da gehiago, marrazkia askoz ere eskematikoagoa da (nik, aitor dut, Seguírena dut maiteago), kolore gutxirekin jolasten du (grisarekin eta horiarekin, nagusiki, helburu aski metaforikoekin), eta askoz ere zatikakoagoa da, fragmentarioagoa, denboran atzera eta aurrera saltoak eginez (mundu onirikoak, bestalde, protagonismo berezia du garapenean, gehiegizkoa nire ustez); Astiberrik egindako ahalegina gaztelaniazko jatorrizkoarekin batera euskarazko bertsio bat ateratzeko (Bego Montoriok itzulia) txalotu beharko litzateke, gainera. Bertan gurutzatzen diren istorioek zer ikusia dute kartzela frantses batean elkartzen diren ETAko eta GALeko preso birekin (Josu eta Emmanuel, hizpide ematen diona egileari kartzelako bizitzaren beste alderdi batzuez aritzeko), berunezko urteetako ETAren biktima baten semearekin (Anton, apaiz bihurtu zena denborarekin, eta Josuren gaztetako laguna izan zena), apaizaren arrebarekin (Itziar, erlijio irakasgaiaren irakasle kaleratua, umea ezkongabe izateagatik), ETAko presoaren semearekin (Aritz, kartzelako bisitez etab. aritzeko beta ematen diona egileari), besteak beste. Istorioen arteko harilkatzea lausoagoa da (ez da Las oscuras manos… bezain konpaktua), eta fokua, gatazkaren ondorio ezberdinetan zentratzen bada ere (kartzela, damua, oroimena, barkamena…) sakabanatuagoa da, eta esan behar da istorio guztiek ez dutela lortzen interes edo pertinentzia maila bera, ezta gutxiagorik ere (Itziarrenak eta Aritzenak, kasu). Kontakizuna dezente “adeitsuagoa” da Cava eta Seguírena baino, eta mezu nagusia, nahiz eta ez bakarra, adiskidetzearena litzateke, gatazkaren traumak gainditzearen ildotik (lehenengo aipua, hau ere ez alferrik, Joseba Sarrionandiarena da).

Horren ezberdinak izan arren, komiki biak amaitzen dira, kurioski, modu alegorikoan: eszena labur batzuekin Las oscuras manos…-en kasuan, eta pertsonaietako batek (presoen senide batek) idatzitako (eta “marraztutako”?) nolabaiteko ipuin luzeago batekin Baleak ikusi ditutenean, “nobela grafiko” horren zatirik pattalena nire ustez: alde horretatik, Cava eta Seguíren alegoriatxoa askoz ere eraginkorragoa da, bere motzean. Edonola ere, amaiera biek azpimarratzen dutena zera da: komiki bien izaera politiko edo “konprometitu” agerikoa. Eta horretan datza, nire aburuz, haien ahulezia: transmititu nahi duten “mezuaren” nagusigo eta nonahikotasunean, istorioak “irensteraino”; azken finean, oso idazle ona izan behar da horren ageriko mezuen inguruan literatura egiteko (eta hemen komikia literaturaren adartzat ari naiz hartzen, mugak gaindituz agian). Literatura politiko on bihurtzeko aukerak nabarmen murrizten dizkio Las oscuras manos…-i egileen hautu irmoak, alde grisak eta ñabardurak desagerraraztean (euskal gizartean ez daude biktima errugabeak eta terrorista doilorrak eta beren lagunak ezik?); narratzaile mafiosoaren ahotsa horren presente eta azpimarratzailea izateak ez dio, alde horretatik, onik egiten komikiari. Ados, nobela grafiko beltz bezala ondo funtzionatzen du, baina are horretan daude kontraesanak: egileei mundu mafiosoak eragiten dien lilura estetikoa, nabarmena albumean, nekez ezkontzen da ETAren terrorismoaren kondena pitzadurarik gabekoarekin, eta torturaren inguruko aipamena anekdotikoa da bestalde. Javier de Isusiren mezu “positiboaren” nagusitasunak, ordea, indarra lapurtzen dio trama anitzegiari (Josu eta Emmanuelen arteko harremana, aurkezpen eta elkarrizketetan gehien azpimarratu izan dena, bide batez, ez da gero behar bezainbeste garatzen: “gosez” uzten du irakurlea –irakurle hau, behintzat, elkarrizketak eta aurkezpenen berriak irakurrita gehiago espero zuena, alde horretatik–), eta batzuetan gehiegi lerratzen da, tamalez, onkeriara.

Edonola ere, lanok, batere biribilak ez diren arren, badituzte alde positiboak, eta ekarpena egiten diote (bakoitzak bere erara) “Gauzaren” inguruko literaturaren corpusari. Deserosoak dira, azken finean: Baleak ikusi ditut, agian, gatazkaren estatu-bertsio ofizialaren sinestunei egingo zaie (pixka bat) deseroso, eta Las oscuras manos del olvido, ziurrenik, gatazka askapen-gerra bezala ikusten jarraitzen dutenei. Baina susmoa daukat bi esparru horietan ez direla hainbeste irakurriko eta, ohi bezala, barne-kontsumorako gai bihurtuko direla, gehienez ere.