En el Tanit

[Hace unas semanas, con una fiesta de despedida, cerraba el Tanit, histórico pub musical de Amara Nuevo, barrio gris y sin personalidad de San Sebastián (el mío). Me dio pena no poder acudir al evento. La semana pasada, como presunto homenaje, puse en este mi blog la versión original en euskera del relato “En el Tanit”, que hoy rescato aquí en español, tal y como se publicó en el libro Biodiscografías –Discos, casetes y demás recuerdos falsos–, editado por Páginas de Espuma en 2015. La fotografía es de Mariví Ibarrola, de 2021, a la que agradezco mucho habérmela cedido para esta ocasión]

En el Tanit

Itoiz
Alkolea
Elkar, 1982.

–Pues Ambulance, sin duda.

         –¿Esa mala imitación de Police? ¡Venga ya!

         –¿Y quién dice que es una mala imitación de Police?

         –Yo mismo, si te parece.

         –Qué quieres que te diga: como argumento de autoridad no me parece suficiente.

         –¿Y por qué no?

         –Ya sabes por qué. Y tú, Karlos, ¿qué opinas?

         A saber cómo llegamos a ese tema. Habíamos quedado los tres en el Tanit, por primera vez en mucho tiempo, y, aprovechando que –para ser San Sebastián– no hacía demasiado fresco y, sobre todo, no llovía,  aún seguíamos apalancados en la terraza del bardos horas y media y cuatro rondas más tarde: gin-tonic, lejía y Havana Club siete años –chupito– respectivamente. El motivo principal y, por lo tanto, silenciado de la reunión era, desde luego, la separación de Iñaki, pero aún no habíamos llegado al tema y tampoco lo haríamos más tarde, al menos si no tomamos en consideración los abrazos, algo más largos que de costumbre, que nos dimos al despedirnos, y los “Venga, ánimo” que transmitimos a Iñaki junto a algún leve puñetazo a la altura del hombro.

         Contesté con prudencia a la pregunta de Iñaki:

         –Vamos a oír primero qué tiene que decir Marcos.

         –¿Para qué? ¡Si ya lo sabemos de sobra!

         –Vete a la mierda.

         Antes sólo nos calentábamos hasta ese punto cuando discutíamos sobre política: iba a añadir eso, pero me arrepentí en el último momento, y creo que hice bien. Además, no era del todo cierto: los debates musicales podían ser tan virulentos como los políticos, en aquella época. De hecho, a veces solían ser el mismo debate.

         –Si lo dices porque a Marcos le gusta el rock sinfónico… –intenté mediar.

         –¡El rock progresivo, joder!

         –Pues en aquella épica se le decía sinfónico –aprovechó Iñaki–. No sé de dónde habéis sacado lo de progresivo, pero es un invento moderno. Al menos aquí.

         –Qué sabrás tú.

         –Pues por ejemplo que el rollo ese del rock progresivo ya estaba pasado de moda cuando nosotros empezamos a escuchar música. Menuda brasa nos dio el pesado este con Pink Floyd, ¿te acuerdas, Karlos?

         –Cuando un disco es bueno, es bueno, da lo mismo el estilo –respondió Marcos–. Y los de Pink Floyd son la hostia. Bueno, la mayoría.

         Yo me refugié en un silencio inquieto, por si las moscas.

         –Pues vale, a ver: ¿cuál es el disco de Itoiz que más te gusta? ¿El primero o Ezekiel? Porque tratándose de ti no hay más opciones…

         –El primero, está claro.

         –Ezekiel es demasiado folkie para Marcos… –añadí yo, con una sonrisa.

         –Tiene buenas canciones, y se escucha bien aún: si no fuera por esos coros infantiles… Pero el primero es mejor.

         –Pues yo creo, fíjate, que nadie se acordaría de ese disco si no incluyera “Lau teilatu”.

         –Eso es lo que más me jode. De hecho, Juan Carlos Pérez llegó a odiar esa canción…

         –Sí, no hay más que escuchar cómo la cantó en la versión en directo que grabaron…

         –¡Eso sí que es destrozar una canción! Y delante de todos sus fans, además, ja ja ja…

         –Sí, hay que admitir que tuvo su mérito –siguió Marcos–. Por eso digo que no es justo lo que le ocurrió al primer disco. Si te olvidas de “Lau teilatu”, el resto de las canciones son rock progresivo de manual. Del nivel de los discos que se grababan en aquella época en Inglaterra o en Italia.

         –Hombre, en aquella época, en aquella época… que el disco es de 1978…

         –Ya sé lo que quieres decir. La irrupción del punk, la extinción de los dinosaurios… Pero aquí las cosas iban más despacio, y llegaban más tarde. ¿de cuándo es el primer grupo punk de Euskal Herria? ¿Y en qué idioma cantaba, eh?

         –Pero…

         –No, Iñaki, nada de eso. El retraso no fue tanto, en el caso del rock progresivo en euskera: eso al menos tendrás que admitírmelo. Sí, aquel primer disco de Itoiz se publicó en el 78, y el rock progresivo llegó a su cénit en el 72 o el 73, en las Islas. Te diré más: comparado con los discos de ese estilo que se grababan a finales de los setenta, el de Itoiz da la talla, y supera a muchos con nota: eso es lo que quería decir.

         Entré en el bar y saqué otra ronda, aunque ya había empezado a refrescar.

         –¿Sabéis a quién he visto adentro, junto a la barra?

         –Sí: a Aran.

         Tenía que haberme imaginado que Iñaki acertaría: es el único de nosotros que sigue viviendo en el barrio y, por lo tanto, sigue acercándose al Tanit con alguna asiduidad.

         –¿Arantzazu Zabaleta Fuentes? –preguntó Marcos, tirando del recitado de la lista de clase de la ikastola.

         –La misma.

         –Joder, ya son años… ¿Y no le has dicho que se siente un momento con nosotros a tomar algo?

         –No…

         –Ah, es que está hablando con alguien…

         –No creo –me ayudó Iñaki

         –La he saludado, pero…

         –Seguramente no te habrá ni conocido –siguió Iñaki.

         –Cómo no te iba a reconocer… tampoco estás tan cambiado…

         Iñaki y yo nos reímos.

         –Tú quizá no, pero lo que es los demás… –dijo Iñaki dándose unas palmadas en la tripa.

         –Yo incluso diría que Marcos está más delgado que entonces –aporté.

         –Cadavérico –añadió Iñaki.

         –Iros a tomar por culo.

         –No te lo tomes así, hombre. Además, lo que Karlos quería decir es que Aran no está como para conocer a nadie, ¿verdad?

         –¿Pero es que no lo había dejado…?

         –Sí, para engancharse otra vez, y dejarlo, y engancharse una vez más…

         Nos quedamos en silencio durante cosa de medio minuto.

         –Alkolea –dije yo al final.

         –¿Qué? –preguntaron Iñaki y Marcos a la vez.

         –Alkolea, el tercer disco de Itoiz…

         –¿Ese cuál era? –preguntó Iñaki.

         –Sí, hombre –terció Marcos–. El de “Marilyn”.

         –Ah… Pues yo no me acuerdo más que de esa canción –siguió Iñaki–. Ni siquiera sé si llegué a escuchar el disco entero…

         –Seguro que sí. De todas formas, me extraña que hayas escogido ese disco precisamente, Karlos: no es de los que suele salir en las quinielas de Itoiz. Diría incluso que es el más flojo de todos. Demasiado ecléctico; se nota que no sabían por dónde les daba el aire, en aquella época. Hay ecos progresivos, desde luego, pero se les nota demasiado que les gustaba Supertramp, en aquella época, y ya sabéis que a mí, Supertramp… Además “Marilyn” siempre me ha parecido un tema facilón…

         –Pues a mí no me disgusta –Iñaki nunca pierde una oportunidad para pinchar a Marcos.

         –¿Qué es lo que no te disgusta: Supertramp o “Marilyn”?

         –“Marilyn”. Y tampoco Supertramp, ahora que lo dices.

         –Cómo no. A fin de cuentas, eres un popero.

         –Pues yo no diría que “Marilyn” es una canción pop…

         –¿Qué es, entonces?

         –No sé, para mí tiene un toque jazz, ¿no crees? –Iñaki me dirigió a mí la pregunta, en busca de complicidad; yo decidí seguir callado.

         –¿“Un toque jazz”? No tienes ni puta idea.

         –Bueno…

         –Dices eso sólo porque en la canción suena un saxo.

         –Lo que faltaba. ¿Es que te crees que soy imbécil, o qué?

         Perdí deliberadamente el hilo de la discusión. De un momento a otro Iñaki y Marcos se girarían hacia mí y me pedirían que justificase mi defensa de Alkolea. Y yo tendría que confesarles que me había acordado de aquel disco porque se lo regalé –en forma de casete– a Aran cuando cumplió dieciséis años. Sorprendentemente, sigo acordándome de cuál es el día de su cumpleaños: el 27 de abril –sorprendentemente, digo, porque no suelo acordarme ni del de mis hermanos–. No tenía papel de regalo y se lo entregué envuelto en una hoja de periódico, casi seguro en una del Egin. Unos días más tarde Aran me confesó que “Hire bideak” era la canción que más le había gustado –y, bien pensado, Marcos tenía razón: es bastante Supertramp–. Escuchamos más de una vez juntos aquel casete, Aran y yo.

         Al final me decidí por llevar a cabo una defensa técnica del disco. Marcos e Iñaki me machacaron sin piedad. Aunque en algún momento de la discusión Iñaki sacó a relucir el álbum Espaloian, y también Musikaz blai y “Marea gora” –«¿Ese patético intento de mimetizar el “Owner Of A Lonely Heart” de Yes?» preguntó, con muy mala leche, Marcos–, la cuestión siguió siendo primer disco o Ambulance. Como siempre, no hubo manera de llegar a un consenso.

         Nos tomamos otras dos rondas antes de que empezaran a recoger las mesas de la terraza, y, de alguna manera, conseguimos dejar de lado el tema de la separación de Iñaki. Yo, aunque estuve vigilando la puerta con el rabillo del ojo, no vi salir a Aran del bar. Al despedirnos nos dimos un abrazo más fuerte que de costumbre –sobre todo a Iñaki–, y Marcos y yo le dijimos «Venga, ánimo», mientras le propinábamos leves puñetazos a la altura del hombro.

         No volvimos a ver a Marcos: unos meses más tarde su hermano le avisó a Iñaki de que estaba en el hospital, en fase terminal. Cáncer de páncreas. Cuando estuvo con nosotros, en el Tanit, ya lo sabía, por lo visto. Hay que joderse.

         Después del funeral, mientras tomábamos algo, Iñaki me confesó que había vuelto con su mujer. «Por los niños, ya sabes». Durante unos instantes no supe si felicitarle o no. Al final le di un par de palmadas en el hombro, y empezamos a hablar de otra cosa.

         A veces le pregunto por Aran, cuando nos encontramos o hablamos por teléfono. Pero siempre me contesta que no la ha vuelto a ver por el Tanit.

Ficción

[El pasado 1 de abril murió, a los cincuenta y dos años, el músico Adam Schlesinger, víctima del COVID-19. En las décadas de 1990 y 2000 tuvo bastante repercusión como miembro y compositor del grupo de power-pop Fountains of Wayne y de los elegantes Ivy; hay quien lo recordará por la sesentera canción-pastiche “That Thing You Do!”, tema principal de la banda sonora de aquella comedia musical (que en España se tituló The Wonders), dirigida por Tom Hanks en 1996. Basé uno de los relatos de mi libro Biodiscografías en uno de los álbumes de Ivy y, aunque no sé si puede considerarse un homenaje apropiado a Schlesinger (cuya muerte, como otras que están ocurriendo estos días, me conmovió; la última, la del Stranglers Dave Greenfield…), se me ocurrió compartir aquel relato en mi blog, primero en su versión original en euskera, y ahora en la traducción que hice al castellano para la edición de Páginas de Espuma, a la que agradezco que me haya dado permiso para publicar el cuento aquí. En todo caso, ¡aupa Adam Schlesinger!].

Ficción

Ivy, Long Distance, Nettwerk, 2001.

–¿Cómo que tu novia de entonces? ¿Es que yo no era ya tu novia? ¿A qué viene ese de entonces, si puede saberse?

A. viene de su habitación, con el manuscrito de este libro en la mano; yo estoy cocinando unas setas de invernadero para el revuelto que vamos a cenar esta noche. Me ha costado entender a qué viene el barullo. Le ruego que me lo explique, mientras sigo revolviendo las setas.

–Me refiero a tus dichosas «biodiscografías», en concreto a «Winterthur»; no te hagas el despistado, que te sale muy mal.

–Se trata de una ficción, ya te lo he explicado…

–Ya, una ficción. ¿Es que no viniste a mi residencia universitaria a pasar unos días de gorra, mientras hacía yo aquel curso de verano en Constanza? Por cierto, ni siquiera fue el año que mencionas, sino dos más tarde…

–Eso es una licencia poética. Salgari situó la segunda parte de su serie de El capitán Tormenta meses después de los acontecimientos que se narran en la primera, pero, fíjate, los hechos históricos que describe ocurrieron en realidad setenta años más tarde.

–Vale, no te enrolles con Salgari. ¿Y qué me dices de la historia de Danny?

–¿Danny? En el cuento no menciono a Danny.

–Claro, le has cambiado el nombre: David. Menuda diferencia. Pero a mí ni siquiera me has cambiado el nombre.

–¿Cómo qué no? He puesto «A.», si no recuerdo mal. Mira.

–Pues eso, mi inicial. Todo cristo se imaginará que hablas de mí.

–Pero ¿no acabas de quejarte de que he utilizado la expresión «mi novia de entonces»? Pensarán que es otra chica.

–Nuestros conocidos, no.

–Y qué prefieres que ponga a partir de ahora: ¿Ane? ¿Aurora? ¿Arantza?

–¿Por qué tienen que empezar todos por A., como mi nombre? ¿Es que no podría ser un poco diferente? Yo qué sé, Elena, o Garbiñe. O Josune.

–De acuerdo, a partir de ahora usaré Elena.

Pero Elena no tiene intención de claudicar. Ha dado un par de vueltas por la cocina, ha abierto una lata de cerveza,se toma un sorbo.

–De todas maneras, no entiendo por qué has puesto ese de entonces. ¿Qué quieres dar a entender, que entonces yo era otra? ¿O que preferirías que yo fuera otra, en la actualidad?

–Mujer, no es más que una ficción…

–Joder, ya está bien con el rollo de la ficción…

–Félix de Azúa dice que, a medida que pasa el tiempo, dejamos de ser nosotros mismos… y que, por ejemplo, detesta a su yo de hace treinta años, que no se reconoce en él. Pero que, sorprendentemente, aunque no siempre somos los mismos, representamos a la misma persona o al mismo personaje durante toda la vida. Y ya que cambia nuestra esencia, ¿no crees que deberíamos cambiar de nombre, en las distintas etapas de nuestra vida?

–No intentes liarme con sofismas. Lo que quiero saber es qué te pasaba por la cabeza cuando escribiste aquel cuento, nada más. Por qué pusiste «mi novia de entonces».

–¿Oyes la música que tengo puesta? No la escuchaba desde hace mucho. Son Ivy, un grupo de Nueva York; entre sus componentes está Adam Schlesinger, de Fountains of Wayne; de acuerdo, ya sé que no te suenan de nada. El caso es que oí una canción en Radio 3 y casi inmediatamente me fui a la tienda a comprar el disco. Lo escuché tanto en una época que «quemé» una de las pistas del cedé; si te fijas bien, salta en cuanto llega a la sexta canción. Pero hay discos que, después de la primera fiebre, pierden un poco el encanto. No es que los hayas gastado de tanto escucharlos, no se trata de eso. Es que llega un momento en que, de repente, te das cuenta de todas las debilidades del disco: las melodías pegajosas del principio se convierten en recursos facilones, y lo que un día te parecieron himnos inmortales, en melodías prefabricadas al servicio de la moda del momento. De un día para otro dejas de poner el disco, y solo te acuerdas de él muy de cuando en cuando. De todas maneras, eso hay que reconocerlo, en estos discos siempre suele haber una canción que permanece intacta entre sus ruinas y nunca te cansas de oír –quizá fue la misma que escuchaste en la radio y te impulsó a comprar el disco…–, y esa canción es la que te lleva, en ocasiones, a rescatar el cedé y a escucharlo. En este caso es la tercera, «Edge of the Ocean». Pero es solo una canción, una única canción.

Sí, me gustaría responderle a Elena algo parecido a eso, pero no he podido.

–No intentes liarme con sofismas. Lo que quiero saber es qué te pasaba por la cabeza cuando escribiste aquel cuento, nada más. Por qué pusiste «mi novia de entonces».

No digo nada; las setas ya están listas. De los altavoces nos llega la voz casi susurrante de la cantante de Ivy: «Ohhh, we can begin again. / Shed our skin, let the sun shine in. / At the edge of the ocean / We can start over again. / Shaa lah lah lah lah lah lah lah sha lah lah sha lah lah / Shaa lah lah lah lah lah lah lah sha lah lah sha lah lah».

Empiezo a cascar los huevos.

[Del libro Biodiscografías, Madrid, Páginas de Espuma, 2015]

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