Piedad Frías Nogales (1958-2018)

El pasado 24 de diciembre falleció Piedad Frías, Piti, una gran amiga y compañera de trabajo en la facultad. Se acababa de jubilar, y su muerte, inesperada, ha sido un mazazo para mucha gente. Por eso, aunque en este blog no suelo incluir notas necrológicas, me he animado a escribir algo sobre ella: porque no sé qué hacer con mi cuerpo en estos momentos. Y porque me he puesto a buscar fotos y recuerdos suyos en Google y apenas he encontrado nada sobre ella en la red.

Conocí a Piedad en 1984, cuando vine a Vitoria a cursar primero de Geografía e Historia en la que luego se convertiría en la Facultad de Letras de la Universidad del País Vasco. En el plan de estudios vigente entonces los alumnos de historia teníamos que elegir, como asignatura optativa de primero, una lengua. Yo escogí inglés, y así es como conocí a Piedad, una profesora joven, entusiasta y exigente. Pronto nos dimos cuenta de que aquello no iba ser, como suponíamos, una maría: los primeros días del curso nos juntábamos más de ochenta alumnos en clase, pero para la segunda o tercera semana ya no quedamos más de quince, que fue el número de los que seguimos hasta el final. No he aprendido más inglés en la vida, ni siquiera en los intensivos de la academia que había frecuentado en mi ciudad natal, en San Sebastián. Siendo tan pocos, no había escapatoria: tenías que traerte la lección repasada a clase sí o sí. Y hablar, claro: hablamos mucho, todos, en aquel curso, que fue un lujazo para mí. Mucho del inglés que todavía sé se lo debo a Piedad.

Piedad había nacido en Ávila, pero era un poco de todas partes: su padre era militar, y su familia se movió por casi toda la geografía española a golpe de destinos. Y era también, por sus estudios, y por el tiempo que pasó viviendo allí, un poco de Inglaterra y de Estados Unidos. Y también, después de todos estos años, muy vasca y muy vitoriana: llegó a aprender bastante bien euskera, algo que muchos monolingües de aquí no se plantean hacer jamás.

Después de ser profesora mía, con los años, nos hicimos amigos, gracias al trato que tuvimos en las juntas de facultad –a las que yo acudía como representante del alumnado– y, sobre todo, a que entabló amistad con un grupo de estudiantes de Filología Inglesa con los que, a su vez, yo tenía mucha relación: después de darnos clases a los de Historia, que es lo que, entre otras cosas, le tocó hacer en sus primeros años como profesora en la UPV, empezó a impartir las materias de su especialidad, que era la literatura contemporánea en lengua inglesa. Al principio, sobre todo los angry young men y toda la literatura británica de los años cincuenta, y la literatura africana en inglés, aunque llegó a impartir otras muchas asignaturas, más generales, casi siempre centradas en la literatura de estos últimos tres o cuatro siglos. Piedad fue la persona que me descubrió a Jane Austen y a Virginia Woolf y a Ngũgĩ wa Thiong’o, y nunca le estaré lo suficientemente agradecido por ello. Por cierto, gracias a su esfuerzo tuvimos el privilegio de asistir en la facultad a una conferencia de este escritor keniano, algo que no era muy usual en los años noventa. Antes de que hubiéramos oído hablar en absoluto de estudios culturales y poscolonialismo, Piedad ya nos estaba contando cosas sobre Edward Said, que era uno de sus ídolos y al que yo conocí, una vez más, gracias a ella. Era, por otra parte, una incansable lectora y una excelente traductora a la que acudí en busca de ayuda más de una vez.

(Ahora que lo pienso, este texto sí que tiene cabida aquí, porque este es un blog literario, y yo aprendí mucho de literatura hablando –y discutiendo– con Piedad. Aunque nunca me dio clases sobre literatura, sé, por los comentarios de muchos de sus alumnos, que fue una gran profesora: dura y exigente, como yo mismo pude comprobar, pero entregada y generosa con sus conocimientos).

De hecho, esa fue una de las lecciones que aprendí con Piedad, a lo largo de estos años de amistad: que las Humanidades no están reñidas con el rigor. Frente a la especie de que –en comparación con los de “ciencias”– los de letras nos dedicamos a cuestiones sin mucha importancia ni base y elucubramos sobre el vacío, Piedad sostenía que, para analizar un texto, había que profundizar en él y en su contexto, y currárselo bien; que cualquier opinión no era válida por ser tuya, y que había que leer mucho; que la pasión no solo era compatible con el trabajo duro, sino que lo exigía; que la literatura, la cultura, son importantes y merecen nuestra atención. En ese sentido para mí fue un modelo como profesora.

Pero sobre todo fue una gran amiga. Generosa con su tiempo –mucho más que yo–, siempre atenta y siempre dispuesta a echar una mano en buenos y malos momentos –nos hemos cuidado muchos exámenes mutuamente, durante todos estos años–. Les prestaba mucha atención a los niños, a nuestras hijas y a los hijos y las hijas de otros amigos suyos, a los que siempre trataba como si fueran adultos, con simpatía pero sin ñoñerías: fue una tía extraordinaria. Se había construido, en esta ciudad, donde no tenía parientes de sangre, una familia elegida, con amigas y amigos con quienes se reunía, viajaba, iba al cine, intercambiaba libros, se tomaba un vino, hacía planes, charlaba… Era una gran conversadora, apasionada –de las que no daba el brazo a torcer en las discusiones: son las mejores– y una persona muy alegre, cuando la tristeza no la alcanzaba, pues también tuvo sus momentos oscuros, de esos en los que los amigos apenas podíamos prestarle más apoyo que el de estar ahí.

Justo en estos últimos meses estaba mejor que nunca, y por eso me da rabia y pena, muchísima, que se haya muerto así, tan pronto, tan de repente.

Adiós, Piedad. Un abrazo.

Piti 2

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3 thoughts on “Piedad Frías Nogales (1958-2018)

  1. Piedad fue mi profesora en segundo y en quinto de Filología Inglesa.

    Recuerdo que en segundo despertaba muchas sospechas entre los alumnos porque dejaba que lleváramos los apuntes al examen. Todavía conservo el “Beowulf” que nos dejó fotocopiar de su ejemplar, con sus notas escritas en los márgenes.

    En quinto había tres optativas, Textos, Lógica y Alemán. Casi todo el mundo elegía alemán, no sé si alguien iba a Lógica. En Textos éramos unos 10 o 12 alumnos. Además del trabajo que había que hacer para fin de curso valoraba la participación en clase. Como has dicho, nos enseñó literatura inglesa de la posguerra, sabía muchísimo, pero yo me quedo con otro tipo de enseñanza: la pasión por la literatura, la investigación, y la insistencia en que preguntáramos siempre el por qué de las cosas.

    Siempre la recordaré.

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