Una entrevista

[A raíz de mi visita a Zamora, con motivo de los XIII Encuentros Literarios organizados por la Biblioteca del Estado de dicha ciudad, el profesor Julio Eguaras me hizo una entrevista para la Revista Digital del Portal de Educación de Castilla y León. Reproduzco aquí el resultado, con permiso del autor, al que agradezco su amabilidad].

  • ¿Ha pensado en algún momento dejarse traducir al castellano por otras personas?

Sí, en algún momento dado lo he llegado a pensar… para, a continuación, descartarlo casi siempre. El problema es que la lengua castellana es tan mía como la vasca y, al contrario de lo que ocurriría si tradujeran un texto mío al polaco o al esloveno, no podría resistir la necesidad de revisarlo a fondo y corregirlo. Y como sé que me iba a costar encontrar “mi voz” en el texto, perdería mucho tiempo en el proceso, no quedaría del todo satisfecho y además correría el riesgo de irritar al traductor. Lo sé porque alguna vez lo he probado. De manera que prefiero ser yo, por ahora, quien haga mis traducciones, aunque en sentido estricto nunca llegan a ser traducciones, claro, sino versiones: no pocas veces aprovecho la oportunidad para corregir o mejorar el texto original, al que, pasado el tiempo, empiezo a ver las “costuras”, lo que, por otra parte, sería un sacrilegio para la mayoría de los traductores profesionales (porque es algo que no les está permitido hacer: no tienen, en ese sentido, soberanía sobre el texto, tal y como la puede tener el propio autor…). Por otra parte, traducir mis textos me proporciona una buena excusa para no tener que escribir nuevos cuentos (“no, ahora mismo no estoy escribiendo nada, porque estoy traduciendo al español mis relatos”…), y cubrir así los períodos de sequía creativa…

  • ¿El elemento fantástico que aparece en muchos de sus relatos está más vinculado con el realismo mágico hispanoamericano o con la ciencia ficción?

Seguramente con ambos. Fueron los pilares de mi (mala) “educación literaria” y, a fin de cuentas, ambos son subconjuntos de ese género que es el de la literatura fantástica. Y, sobre todo, los consumí en muchas ocasiones en forma de relatos, lo que supongo que es algo que contribuyó a que me convirtiera fundamentalmente en cuentista. De todas formas, supongo que hay otros autores, como Franz Kafka o Italo Calvino, que también tuvieron que ver mucho con el tipo de cuento que empecé a escribir en mi juventud. La tradición realista, si se puede llamar así, la fui introduciendo más adelante en mis relatos, aunque no he abandonado nunca la vena fantástica. Pienso que, paradójicamente, sigue siendo un buen recurso para acercarse a la realidad, a la verdad literaria.

  • La situación político-social del País Vasco está también muy presente en su obra. ¿Compromiso o fuente de inspiración?

Seguramente ni lo uno ni lo otro, o ambas cosas a la vez. Yo diría que es más una enfermedad, o una obsesión. La necesidad de decir algo sobre lo que nos ha pasado. Algo que se aleje del panfleto y de la guerra de propaganda: de eso hemos tenido mucho, desde todos los frentes. La literatura tiene esa virtud, la posibilidad de desarrollar múltiples relatos, frente a uno único y normativo. De llegar a donde la historia, la sociología y el periodismo no pueden. No siempre se consigue (de hecho, la mayoría de las veces no se consigue), pero cuando se acierta en la diana, la literatura puede resultar mucho más significativa que las otras disciplinas. Muchas de las cosas que sé o creo saber sobre el conflicto vasco las he aprendido (quizá aquí sea más adecuado decir “aprehendido”) gracias a los cuentos y las novelas de escritores como Ramón Saizarbitoria, Jokin Muñoz, Juanjo Olasagarre, Eider Rodríguez, Bernardo Atxaga, Uxue Apaolaza, Xabier Montoia, Ur Apalategi, Aingeru Epaltza, Jose Luis Otamendi, Raúl Guerra Garrido o Fernando Aramburu, por citar algunos nombres.

  • ¿El cuento o relato breve está suficientemente valorado en España?

Yo diría que aún no, pero que se ha avanzado mucho estas últimas décadas, gracias a la aportación de muchos nuevos cuentistas, no pocas veces a través de pequeñas editoriales independientes. Ya sé que no todo el mundo está de acuerdo con esto, pero a mí me parece que en España no ha habido, en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, un buen plantel de escritores de relatos (salvo honrosas excepciones). A partir de los años 50 la cosa empieza a mejorar, con escritores como Ignacio Aldecoa y Medardo Fraile, y hoy día, después del aldabonazo que supuso el Boom, yo creo que el género está a muy buen nivel (aunque quizá no tenga ya sentido hablar de cuento español, sino de cuento hispanoamericano…). Pero los programas educativos, el mercado literario, las inercias históricas… todo conspira a favor de la novela, ese género menor. De manera que al libro de relatos siempre le resulta más difícil abrirse un hueco. España sigue siendo, parafraseando a Rodrigo Fresán, una “nación novela”. Una “nación muy novela”, incluso.

  • ¿Le preocupa el futuro, tan “presente” en sus creaciones?

Cada vez más, como es natural, aunque ya sabemos cómo acaba la historia: el final nunca es feliz. Quizá precisamente por eso. Por otra parte, la aceleración del tiempo que nos ha tocado vivir, el del capitalismo postindustrial, es muy propicio para que andemos obsesionados por el futuro: el futuro es ya el presente, o lo será enseguida. Por otra parte, somos conscientes de que la humanidad ha llegado a un punto en que tiene en sus manos el destino mismo de la especie y el de la vida en el planeta, tal y como la conocemos; eso es así al menos desde que hicimos estallar la primera bomba atómica. De manera que claro que me preocupa el futuro: soy un pesimista recalcitrante. No en vano soy historiador de formación…

  • Ha tenido alguna experiencia como guionista de cómic. ¿Cuál es la sensación al ver en viñetas sus palabras?

Fue una experiencia singular. Tuve la suerte de contar con un dibujante excelente, joven pero muy experimentado, Julen Ribas, que hizo un gran trabajo al trasladar mi guión al lenguaje de las imágenes. Yo no tenía experiencia en el tema y acepté la propuesta de la revista juvenil Xabiroi un poco a lo loco, porque me hacía ilusión y porque soy desde siempre un gran aficionado al género. Pero pronto me di cuenta de que una cosa es ser lector de cómics, y otra muy distinta hacer un guión de cómic. Por suerte, tanto Julen como el responsable de la revista, Dani Fano, que también es dibujante, me ayudaron mucho y creo que fue gracias a ellos que Azken garaipena, el álbum que hicimos, una historia de ciencia ficción ucrónica, no saliera tan mal (precisamente acaba de publicarse en gallego, con el título A vitoria final, en la editorial Urco: espero que se me disculpe por este arrebato de autopropaganda).

  • Preguntado sobre si escribiría novela, Antonio Lucas contestó que cuando corres bien los cien metros es peligroso correr maratones. Usted, que practica ambas, ¿en qué prueba se siente más cómodo?

Estoy bastante de acuerdo con él. Si los cien metros fueran el microrrelato, yo sería más de los doscientos o los cuatrocientos metros, de lo que podría denominarse relato corto. Es la distancia en la que me siento mejor. He practicado la media maratón o la maratón de la novela un par de veces, es cierto, pero reconozco que lo he pasado peor, aunque el resultado no me desagrade. Supongo que es una cuestión de constitución y de entrenamiento: la mía está más hecha al relato, y me he ejercitado mucho más en él a lo largo de mi vida. Supongo que se aviene mejor, además, con mi condición de escritor no profesional, que escribe en muchas ocasiones a salto de mata. Una novela implica un grado de obsesión, con su desarrollo y sus personajes, más intenso en el tiempo que el relato: si te atascas con un cuento durante meses, está claro que no funciona y lo mejor es dejarlo; con una novela puede que no estés más que en el principio del proceso, en ese tiempo. Como decía Foster Wallace, uno convive durante muchos meses con los personajes de la novela que está escribiendo, a los de nuestros cuentos siempre los miramos por el rabillo del ojo, de alguna manera. El proceso de una novela es muy distinto, tal y como lo he vivido yo, y resulta más necesario sumergirse en él durante períodos de tiempo más dilatados. Los buenos cuentistas no suelen ser grandes novelistas, y viceversa. Aunque siempre hay excepciones, claro.

  • ¿Sigue un ritual a la hora de escribir?

Hay algunas pautas, pero no me atrevería a llamarlo ritual. Tomo notas y corrijo bastante. Seguramente tiendo más a escribir de noche que de día, por cuestiones prácticas (trabajo, labores del hogar, hijas), pero no tengo un horario fijo o predilecto, en realidad. Suelo ponerme música, pop anglosajón que pueda funcionar de fondo, nada muy profundo, pero tampoco siempre. Salvo las notas primigenias, que suelo consignar en una libreta, uso siempre el procesador de textos. Una vez terminado el relato, se lo entrego a un lector de confianza, muchas veces mi mujer, que somete al cuento (y a mí también) a lo que denominamos cariñosamente “sesión de humillación”. Y es posible que lo que ha quedado después del proceso llegué algún día a publicarse, quizá como parte de un libro de relatos…

  • Por último, ¿qué lecturas marcaron su formación como lector y escritor?

La primera, seguramente, fue la de una Biblia ilustrada para chavales, un libro de cuentos apocalíptico y cruel que, de acuerdo, tiene algunas partes un poco aburridas, como el Levítico y el Deuteronomio, pero en general resulta la mar de entretenido, sobre todo el Antiguo Testamento, con un superhéroe todopoderoso y brutal como es Dios haciendo de todo y unos personajes secundarios quizá un poco esquemáticos pero efectivos. El cómic fue mi segunda pasión lectora, antes de la época del instituto: Mortadelo y Filemón, toda la escudería Bruguera, las aventuras de Tintín, El Jabato o El Corsario de Hierro, El teniente Blueberry y, por supuesto, los cómics de superhéroes, sobre todo los de la Marvel, que se vendían entonces con la atrayente etiqueta de “Historias gráficas para adultos”, y de entre todos aquellos, sobre todo los de Spiderman, con el que era difícil que no se identificara un muchacho como yo, empollón y heterosexual. Ya en mi adolescencia, el género literario que más consumía era el de la ciencia ficción, y también el del terror: Edgar Allan Poe, por supuesto, y H.P. Lovecraft, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Fredric Brown, los hermanos Strugaski, Ursula K. LeGuin, J.G. Ballard… aunque seguramente los que más me marcaron fueron Isaac Asimov (sobre todo al principio) y, más tarde, y con mayor fuerza, el polaco Stanislaw Lem, a través de su uso del humor y la ironía. Luego, guiado por mis profesores de instituto, que fueron cruciales en mi formación literaria, me sumergí en el boom hispanoamericano, es decir, en el mundo de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Juan Rulfo… aunque, probablemente, el mayor impacto fue llegar a la literatura de Julio Cortázar, sobre todo a sus cuentos. Como he señalado antes, el género del relato tuvo mucho protagonismo en esta especie de educación literario-sentimental y, en ese sentido, no me extraña que ese siga siendo mi género más querido, como lector y como escritor.

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